lunes, 6 de abril de 2020

Grandes figuras de la ilustración LIJ (XXIII): Tomie dePaola



Thomas Anthony “Tomie” dePaola nació en Meriden, Connecticut (Estados Unidos de Norteamérica) en 1934, cerca del final de la Gran Depresión. Sus padres, Joseph y Florence dePaola, eran de ascendencia irlandesa e italiana (los abuelos eran originarios de Calabria, lugar donde más tarde ubicaría su conocido álbum Strega Nona). Tuvo un hermano, Joseph (apodado Buddy), y dos hermanas, Judie y Maureen.
Creció durante la Segunda Guerra Mundial, antes de que la televisión sustituyera a la radio en los hogares estadounidenses (dePaola dijo en alguna ocasión que se consideraba afortunado por este hecho y escuchaba los sábados por la mañana el programa Let’s Pretend). El hecho de que su madre fuera una lectora voraz y pasara muchas horas leyendo en voz alta para él y su hermano, fue uno de sus acicates a la hora de crear historias. Además, dePaola tuvo muy claro desde bien joven que quería ser artista, anunciándole a su maestra a los cuatro años que cuando creciera iba a hacer ¡álbumes!
Una anécdota que  recordaba con mucho entusiasmo ocurrió la navidad de 1943, en la que recibiría “pinturas, pinceles, lápices de colores, todo tipo de libros de instrucciones, acuarelas e incluso un caballete” como regalos navideños.
Tal era su interés en ser artista que durante el segundo curso de secundaria (aún faltaban unos cuantos) escribió al Instituto Pratt de Nueva York para averiguar qué clases debería tomar para prepararse para la prueba de acceso. En 1952 ingresó allí obteniendo el título en 1956.


Después de graduarse, dePaola ingresó a un monasterio benedictino en Vermont, donde permaneció durante seis meses. Durante aquel periodo reconoció haber “solidificado algunos valores espirituales profundos, no sólo los religiosos” al mismo tiempo que siguió formándose ya que dicha congregación estaba muy involucrada en el arte y la cultura. La relación con el monasterio en particular y el mundo religioso en general continuó a lo largo de los años. Además de crear arte litúrgico para diferentes iglesias como la abadía de Glastonbury (Hingham, Massachusetts), diseñó telas y tarjetas de Navidad encaminados a iniciar un pequeño negocio dentro del monasterio en el que había vivido.


En 1962 comenzó su carrera como profesor de arte en el Newton College of the Sacred Heart en Massachusetts. En 1965, dePaola ilustró por primera vez el libro de ciencia de Lisa Miller, Sound, que pertenecía a la serie Science is what and why de la editorial Coward-McCann, y al año siguiente, ilustró el primero de sus propios libros, El maravilloso dragón de Timlin (editorial Bobbs-Merrill).


En 1967, viajó al oeste para enseñar en San Francisco College for Women. Mientras estuvo en California, obtuvo una maestría en bellas artes en el Colegio de Artes y Oficios de California en 1969 y una equivalencia doctoral un año después en el Lone Mountain College. Durante aquella estancia se concienció sobre los problemas de las mujeres, así como se contagió del espíritu pacifista.


DePaola se mudó de nuevo a Nueva Inglaterra en la década de 1970 para enseñar arte en el Chamberlayne Junior College de Boston de 1972 a 1973. De 1973 a 1976 trabajó en el Colby-Sawyer College de New London, New Hampshire, como profesor asociado, diseñador y director técnico en el departamento de discurso y teatro, y como escritor y escenógrafo y diseñador de vestuario para el Proyecto de Teatro Infantil. Más tarde (de 1976 a 1978) enseñó arte en New England College en Henniker, New Hampshire.
En 1978, dePaola decidió retirarse de la enseñanza a tiempo completo para dedicarse a escribir e ilustrar libros, una decisión muy acertada que se vio recompensada con más de 270 títulos traducidos a más de 20 idiomas y 25 millones de copias vendidas en todo el mundo de los cuales algunos han sido llevados a la pequeña pantalla o han sido leídos por él mismo en los programas de Jim Henson.
De su vida privada poco sabemos, tan sólo un breve matrimonio durante los años 60 y que mucho más tarde, en el nuevo milenio, reconocería su homosexualidad. En una entrevista a The New York Times Magazine el año pasado dijo no haberlo hecho antes por miedo, aduciendo que "Si se supiera que eras gay, llevarías una gran 'G' roja en el pecho y las escuelas ya no comprarían tus libros.”


Ilustración para la cubierta de The Horn Book (Mayo, 2015) donde aparecen Maurice Sendak, Arnold Lobel, James Marshall, Remy Charlip, and Tomie dePaola

DePaola también mostró su trabajo ampliamente en numerosas exposiciones individuales y colectivas, tanto a nivel nacional, como internacional, entre las que destacan las dos que se celebraron en 2013 y 2014 en el Colby-Sawyer College, tituladas Now (“Ahora”) que celebró su 80 cumpleaños, y Then (“Entonces”) en la que se mostraron sus primeros trabajos durante sus años de formación en el Instituto Pratt y la influencia que Fra Angelico, George Roualt y otros tuvieron en su obra.


Tomie dePaola ha recibido una gran cantidad de premios entre los que destacan el segundo puesto de Medalla Caldecott de 1976 con Strega Nona, el Premio Boston Globe-Horn Book de 1982 (The Friendly Beasts: An Old English Christmas Carol), el Premio Golden Kite  de 1987 (What the Mailman Brought), la Medalla Newbery del 2000 por su serie 26 Fairmount Avenue y otros muchos. Además, fue nominado para el Premio H. C. Andersen en la categoría de ilustración en 1990.
Murió el 30 de marzo de 2020, en Lebanon, New Hampshire, debido a las complicaciones surgidas de la operación quirúrgica a la que fue sometido tras una caída en su estudio.


Y ahora, su obra.
En la mayor parte de la obra de Tomie dePaola podemos encontrar unos puntos comunes, una especie de pilares que sustentan sus libros.
En primer lugar destaca el sentimiento familiar, uno que hace muy poderosos algunos libros de un autor que se aferra a las raíces. Podemos citar Strega Nona (pueden encontrar alguna edición antigua de Everest, pero ya está descatalogado), para mí una de sus mejores obras, en las que además de rendir un claro tributo al lugar de origen de sus abuelos, Calabria, se inspira en la figura de su abuela para dar vida a una hechicera temperamental y entrañable que protagoniza esta serie de libros y que trasciende al tiempo en los pequeños lectores. Un personaje mítico de la Literatura Infantil basado en un personaje real


El segundo es Nana de arriba, nana de abajo (Kalandraka) que está basado en la muerte de su abuela y bisabuela en un pequeño intervalo de tiempo. Es un libro que trata la muerte de los ancianos desde un prisma conciliador donde los recuerdos y el cariño pesan mucho en el proceso de duelo que atraviesa el protagonista, aunque también hay momento vitales tan duros como humorísticos en los que el niño pide ser atado a la silla como su abuela, una situación que familiariza al niño con la enfermedad de la anciana.




Uno título complementario del anterior es Un pasito… y otro pasito (Ekaré) en el que Bobby tiene y su abuelo, Bob, a quienes les gusta hacer muchas cosas juntos. Sin embargo, cuando el abuelo sufre un derrame cerebral, Bobby lo ayuda a aprender a caminar nuevamente. Con unas ilustraciones en tonalidades azules y marrones, la historia se presenta tranquila y sencilla, algo que para hablar de un tema tan difícil se agradece enormemente.


En Watch out for the Chicken Feet in Your Soup (inédito en castellano), dePaola también se basó en la “rara” costumbre de su abuela (entrecomillo porque mi madre lo hace también) de echar las patas del pollo en el caldo de la sopa, para hablar de las vergüenzas familiares y de cómo las ven los demás, no sin olvidar el acento italiano de una protagonista con una clara obsesión por alimentar a todo el que pille (Italia y España ya saben que son primas hermanas…). Como curiosidad decir que en este libro dePaola incluye la receta para hacer muñecos de pan de su abuela al final.


Por último tendríamos el libro, inédito en nuestro país, The Baby Sister en el que cuenta los avatares del nacimiento de Maureen, una de sus hermanas.


La segunda característica en la obra de Tomie dePaola es el regreso a lo tradicional. Muchos académicos apuntan que uno de sus mayores logros es narrar historias de siempre desde una perspectiva moderna. Algo que se observa muy bien en Strega Nona, una historia sobre una olla mágica (recuerden a Propp) que, al recitar un pequeño conjuro, produce comida y cesa solo recitando otro verso. Todo se convierte en un desastre con la metedura de pata de un aprendiz que terminara por resolverse con una moraleja y mucho humor. Otra cuento popular italiano es Tony’s Bread, un libro que cuenta el origen del panetonne, que además tiene montones de referencias a la ciudad de Milan y a la cultura del pan, así como composiciones muy interesantes (portada y contraportada y la ubicación de los textos).



Continuando con este apartado apuntar a dos obras que, además de esta característica también exhiben el cariño por sus raíces irlandesas. Fin M'Coul: The Giant of Knockmany Hill, es un libro que recoge un relato de ambientación celta (esas filigranas, la calzada de los gigantes en Irlanda del Norte, el legendario héroe irlandés Cu Chulainn…) donde la figura femenina queda exaltada por la inteligencia de la mujer del protagonista y un humor fino que resuena en toda la historia. Y Jamie O’Rourke and the Big Potato, cuenta la historia de un gandul con la suerte de toparse con un leprechaun que le regala una semilla mágica de la que nace una enorme patata. En la línea de Strega Nona, esta circunstancia desata una situación bastante jocosa que se resuelve de una manera bastante simpática.


Para terminar con este punto tenemos Helga's Dowry: A Troll Love Story, una historia de apariencia tradicional que dePaola se inventó a raíz de un garabato en unos apuntes de sus clases en la universidad en la que una troll trabaja lo que no está escrito para conseguir su dote (si una troll no la tiene, está condenada a vagar eternamente).


La tercera característica de la obra de Tomie es su atención sobre los miedos infantiles y la ruptura de los estereotipos. "No me gustan los estereotipos ni los roles de género. […] Mi madre siempre cortaba el césped y mi padre cocinaba” dijo en cierta ocasión. Uno de sus libros más conocidos en nuestro país es Oliver Button es una nena, un libro de valores (quizá por eso sea tan conocido… ¡Ejem!... No digo más…) recién reeditado por Kalandraka que rompe una lanza por los estereotipos sexuales contextualizándolo en el universo escolar en la que Oliver, un niño al que le encanta la danza, tras ser objeto de las burlas de sus compañeros se enfrenta a la situación de una manera muy elegante y consigue la aceptación del resto.


Esa es la línea que también sigue La clase de dibujo (también existe una edición antigua de Everest), un relato de carácter semi-autobiográfico en el que dePaola presenta a la mayor parte de su familia y de paso nos hace partícipe de sus tempranos deseos de ser artista. Por otro lado da una vuelta de tuerca a la ficción y nos cuenta los miedos de un niño ante una discrepancia con su profesora de plástica (no recuerdo otro álbum en el que el autor vuelva al pasado para cambiar su propia historia en un escenario diferente y con una misma consecuencia: ser un artista).


Lo religioso también tiene cabida en la obra de un autor que firma obras como The Clown of God: An Old Story, una versión de la historia de Anatole France sobre el ascenso y la caída de un malabarista y el milagro que ocurre en su sorprendente actuación final ante una estatua de la Virgen María y el Niño Jesús. También citar en este apartado todas sus biografías de santos y vírgenes -Francisco de Asís, San Patricio, Santa Escolástica, San Benito o Nuestra Señora de Guadalupe- así como de otros episodios bíblicos, una pequeña colección de álbumes informativos en la que presta atención a las fiestas religiosas como la Semana Santa o Chanukah judío (My First Easter y My First Chanukah respectivamente), y su libro Quiet, donde recoge una profunda y mística relación entre el hombre y la naturaleza.




Por último hacer referencia a sus series Bill and Pete (existe una edición en castellano de Ekaré traducida como Memo y Leo) y The Barkers que hacen acopio de situaciones infantiles bastante familiares. No se nos puede olvidar su serie histórica, que bajo el título 26 Fairmount Avenue, la dirección de su casa de niñez en Connecticut, recoge una serie de episodios de la historia de los Estados Unidos como el huracán del 38 que asoló Nueva Inglaterra o el ataque de Pearl Harbour, así como episodios de su vida cotidiana como niño. También hay que citar The Popcorn Book, un libro informativo sin igual que se adentra en la historia del maíz de las palomitas, sus características, su conservación y la elaboración de este alimento tan popular cuando uno va al cine.



Sobre el estilo de las ilustraciones de Tomie dePaola hay que decir que son suaves aunque marcadas por colores brillantes y un estilo casi primitivo. Dan buena cuenta de su interés por el teatro las imágenes que con frecuencia parecen escenarios, como las de Strega Nona o Tony’s Bread.
Sus personajes se centran mucho en el elemento facial más que en el movimiento de la figura. Expresiones donde ojos, narices, boca y el cabello casi siempre despeinado de los protagonistas estimulan la visión de un lector que se refleja en ellos. Con claras influencias por la pintura del románico y el arte popular, y fijándose mucho en los detalles y como enriquecer los textos, Tomie consideraba que su estilo había evolucionado mucho en los últimos años, aunque siempre lo definió como “muy simple y directo” ya que necesitaba ser honesto porque “los niños exigen honestidad y reconocen la impostura."
Y con esto y un bizcocho sólo me resta decir que Tomi dePaola siempre me ha encantado (por si no se habían enterado) y que es de esos autores que todo lo llena de una exuberancia tranquila pero que rebosa alegría y paz, que bien mirado, es mucho, demasiado.  Descanse en paz.



Este artículo se ha elaborado con diferentes entrevistas concedidas a The Horn Book, The New York Times, The New England Journal of Aesthetic Research, así como la biografía recogida en Major Authors and Illustrators for Children and Young Adults. 2002. 2ª ed., 8 vols. Gale Group.

domingo, 5 de abril de 2020

De siestas y libertad



Domingo de ramos (o eso creo). Casi las cuatro de la tarde. El sol luce ahí afuera y nosotros, enjaulados. Qué rara es la vida... Te sientas en el sofá y miras por la ventana cómo mece la brisa las hojas recién traídas. Piensas en la libertad, en lo que harías. Quizá si fuera otro tiempo ya estarías roncando sin tantos anhelos. ¡Qué rara es la vida! Tanto o más que el ser humano…

Abre brazos como alas,
respira profundo,
hondo,
siente el olor de la brisa
y ya eres viento tú solo.

***

Buscas un libro, lo abres,
lees la historia de adentro,
y en cuanto no te des cuenta,
terminó la siesta, ¡tiempo!

Cecilia Pisos.
En: El libro de los hechizos.
Ilustraciones de Noemí Villamuza.
2008. Anaya: Madrid.



jueves, 2 de abril de 2020

¡Feliz Día de la Literatura Infantil SIN CUENTOS!


Hoy, 2 de abril, es el Día del Libro Infantil y Juvenil y cada uno tendrá que celebrarlo en su casa, junto a su estantería, hojeando su canon personal. No habrá bibliotecarias nerviosas que elaboren jugosas actividades, ni libreras entusiasmadas que nos recomienden tropecientos mil libros, ni siquiera maestros que hagan alguna lectura en voz alta. Si todo esto les pareciera poco les comunico que tampoco vamos a tener muchos cuentos en las redes sociales porque según un amplio sector de la industria literaria leerlos en las redes sociales vulnera los derechos de autor y conseguirá hundir este sector todavía más en la miseria. Así que: ¡Feliz Día de la LIJ sin cuentos!
Al principio, leyendo la iniciativa de cierto grupo de autores de LIJ (suya es la imagen de la campaña que está en la portada), un servidor que vive ajeno a todos estos líos mediáticos, lo vio lógico y acertado, ¿no? Hay que respetar las ideas de los creadores y reconocerlas siempre que se pueda (un axioma bastante aceptado aunque para mí no esté muy claro, pues las ideas siempre se alimentan de otras anteriores, más todavía en la parcela de lo literario). Pero cuando me fui introduciendo cada vez más en el ajo y más interlocutores vertían sus opiniones,  la sangre me empezó a hervir. Tuve que leer cada cosa..., escuchar cada frase..., me pareció tal  el despropósito..., que aquí me tienen, dando candela.
NOTA INICIAL: esta polémica sólo atañe al género del libro-álbum, una tipología de libro que por su brevedad es ideal para un vídeo corto, el formato que su utiliza para su difusión en redes como Instagram o YouTube.



Siempre he dicho que si de algo adolece la Literatura es de caspa. Una caspa que se traduce en todo tipo de sabios y eruditos que sólo saben darse cera para aburrir a las piedras, así como de agentes que ofrecen unas alternativas de mediación lectora bastante tradicionales. Este escenario y como ya dije en ESTE POST, sufrió cierta revolución con los booktubers y bookstagramers (en breve también los booktokers, a los que por ahora no tengo intención de sumarme), un aire fresco que parece ser que molestó y sigue molestando.



No entiendo qué tiene de malo leer en una red social un libro, sobre todo cuando no existe un beneficio directo de ello (Me gustaría saber cuántos de estos influencers del libro españoles viven directamente de ello). Exhiben el libro, lo tratan convenientemente, generalmente hablan de los autores, del título, de la editorial. Conozco poca gente que se dedique a los libros y que no respete al objeto ni a quienes le dan vida. Todo lo contrario. 



Que lean esos libros no quiere decir que no deban actuar desde la decencia (lo de los ".pdf" me parece vergonzoso) ni pedir permiso en la medida de lo posible cuando vayan a leerlo en las diferentes redes. Ni tampoco que si alguien se despista y hace de su capa un sayo, haya que llamarle la atención personalmente (que parece que todos somos iguales pero no...). Pero esto de pedir permisos a troche y moche no me resulta nada operativo. Por ejemplo yo, que trabajo con un volumen bastante grande de libros al año, no voy a ir escribiendo a todo quisqui (si no, no reseñaría nada) y asumo que cuando tengo contacto con cierto autor o editorial del ramo, tengo libertad también para mostrar su trabajo en redes, sean las que sean. (N.B.: Y si no es así, espero sus misivas para actuar en consecuencia).



Tampoco veo nada malo en las libres interpretaciones que se hacen de ellos, pues cualquier narrador lo hace en su repertorio. De una forma o de otra el libro se enriquece y aunque hay versiones mejores y peores, la historia siempre está ahí. Es más, hay algunos de estos bookstagramers a los da mucho gusto escuchar. Cuentan mil veces mejor las historias que narradores profesionales que solo motivan a cortarte las venas.



Si hay algo que me ha llamado la atención es la diferencia que algunos han hecho entre lo efímero de las stories de Instagram y lo permanente del YouTube. ¿Por qué en uno sí y en otro no? No lo entiendo. Si una bibliotecaria finlandesa nunca hubiera grabado un libro de un autor de aquellas latitudes, yo nunca hubiera tenido acceso a esa obra. Y no se me ocurre ponerme en bucle el dichoso vídeo hasta que se me salgan los ojos de las órbitas, no. Yo lo que quiero es poseer ese libro, tenerlo en mis manos, que un editor también lo vea y quiera publicarlo para mi deleite... Es la parte más amable de una práctica "criminal".



¿Qué pasa? ¿Qué las redes sociales tienen más alcance? Discrepo un poquito en este punto ya que excepto casos contados, el público de estos vídeos suele rondar los 30-50 espectadores, algo muy similar a lo que viene siendo una sesión de cuentos en un centro escolar o un centro cultural. No obstante y aunque suceda, soy de los que abogan por la difusión masiva para dar a conocer la Literatura Infantil al público en general. ¿O acaso algunos pretenden que esto de los libros infantiles sea un club exclusivo? Mal vamos entonces…



Hablemos de lo emotivo. ¿Ustedes se creen que yo, como lector y coleccionista de álbumes, voy a ver alguno que me llame la atención en las redes sociales y no voy a acudir a mi librería favorita para adquirirlo? ¿Acaso se aprecian las ilustraciones del mismo modo sobre el papel que en la pantalla? ¿Acaso puedo hacer una lectura reflexiva a través de mi móvil?... Por favor... Y a quienes me digan que estos mediadores desvelan el misterio narrativo desde sus pantallas y hacen que el libro pierda esencia les diré que yo jamás compro un álbum sin habérmelo leído antes, bien en una librería, bien en una biblioteca.



Como última consideración  sobre estas lecturas quiero hacer partícipes a autores y editores de un hecho impepinable que parece ser que no han tenido en cuenta. En las redes sociales el verdadero producto no son sus libros, ni la ropa, ni la gomina, ni las uñas de gel, ni los ingredientes de un pastel, el producto son las personas que desarrollan su actividad en esa parcela del cibermundo y su forma de relacionarse con los seguidores, por lo que no sé quién debería pedir permiso a quién (Les dejo la respuesta a su albedrío).



Ayer me dijeron “Román, define este circo con tres palabras” Y yo, muy bienmandao dije “monopolio”, “torpeza” y “desprecio”.
Empezamos con el monopolio. Y es que algunos ven amenazada su parcela de poder cuando se les descontrolan los lectores. Funcionan como los políticos que sólo saben actuar en situaciones cómodas. Cuando la cosa se pone tiznada, tiran de leyes y otras cuitas del mundo reglado para amenazar y vilipendiar a todo el que se salga de parva. A mí lo que me demuestran es miedo, ese miedo infantil que muchos traducen a cuentos, unos libros que hablan de hermanamiento, solidaridad, respeto y mil facetas más de ese discurso políticamente correcto y desvirtuado que luego se niegan a practicar. Porque no sólo lo deberían haber agradecido, sino que se deberían haber sumado a la iniciativa, más todavía en este tiempo tan necesario en el que toda belleza es poca.



Torpeza porque están sometiendo sus creaciones a una invisibilidad manifiesta mientras que otros autores y editoriales están aprovechando el momento para dar cabida en las redes (las plazas del pueblo actuales) a otras obras de la misma calidad o quizá peores. Si además tenemos en cuenta que nos vamos a tirar unos cuantos meses sin podernos reunir en ferias del libro, librerías y bibliotecas, y que el mercado de novedades va a estar parado hasta el curso que viene como mínimo, más les valdría ensalzar sus títulos a condenarlos al olvido. Eso sí, condenados muy dignamente.



El desprecio me parece lo peor de esta tríada. El desdén con el que se está tratando al público, su público -porque no olvidemos que la mayor parte de esas personas que cuentan en las redes son los compradores potenciales de sus productos-, pone de manifiesto una clara superioridad ¿moral? edulcorada con cierta condescendencia que llega a su culmen con lo selectivo y la discriminación (tu sí puedes contar mis libros, tu no, tu sí, tu no…) donde el clasismo es asqueroso. Vamos, que componente humano, cero patatero.



Siento avivar las llamas de una polémica que al principio se me antojó bastante insípida y que se hubiera zanjado con un poco de sentido común por ambas partes, una postura que hay que agradecer a otros autores y editoriales mucho más comprensivos durante unos días en los que altruismo y filantropía son más necesarios que nunca.
Más que nada, porque si no lo hacemos, unos y otros veremos pronto el declive de la LIJ. Porque este conflicto que ha pasado estos días, y si me apuran anecdótico, no es ni más ni menos que un signo de lo contaminado que empieza a estar un ecosistema lleno de intereses. Dios, ese que ha hecho poco acto de aparición estos días oscuros, no quiera que la visibilidad que durante los últimos años tenían los libros para niños acabe en saco roto y acarree una pérdida de oportunidades para todo el tejido que la envuelve y abriga.



Hans Christian Andersen, el genio de la Literatura Infantil que nació tal día como hoy hace 215 años, escribió ¿Pero no deberíamos todos nosotros en la tierra dar lo mejor que tenemos a los demás y ofrecer lo que esté en nuestro poder? Por ello les animo a encarar este Día de la Literatura Infantil y Juvenil con algo de generosidad, tanto por su parte, como por la nuestra cuando todo esto acabe y podamos acudir a las librerías. Porque las guerras son compartidas, y si son al calor de los cuentos, mucho mejor.

Todas las imágenes que acompañan a esta entrada excepto la de portada pertenecen al perfil de Instagram de los monstruos.

miércoles, 1 de abril de 2020

Soñar bonito



Para Alazne, única a la hora de dar las buenas noches

Que esto es una pesadilla no hay ni que decirlo. A pesar del brillo del sol y que la primavera irrumpe con fuerza, a muchos nos cuesta conciliar el sueño. Bien por exceso de descanso (todo el día en el sofá, ustedes me dirán…), bien por intranquilidad, la cosa se pone tiznada cuando hablamos de dormir.
Nunca nos hubiésemos imaginado en un escenario distópico de este calibre, pero la realidad ahí está. Montones de fallecidos, un sistema sanitario que se suponía eficaz totalmente desbordado, solidaridad y ambiente enrarecido a partes iguales, cifras falseadas, políticos y esbirros ninguneados por el sentido común y la ciudadanía... Sí, parece una película de terror.


Todavía nos quedan muchos días de una situación bastante insostenible y hay que hacer lo posible por, si no mantenerse optimista (el pesimismo también es una postura igual de válida para estos tiempos en los que cada gesto gubernamental anima todavía más a la incertidumbre), por lo menos estar descansados y que nuestros ritmos circadianos no se resientan más de la cuenta.


Pueden hacer lo que quieran. Limpiar de polvo la casa entera, corretear durante horas por dos metros de pasillo, atiborrarse a dulces de todo tipo, jugar a las chapas en la terraza, pintar toda la casa, e incluso coser mascarillas y construir respiradores (eso sí sería bueno). El caso es que su cuerpo les pida descanso y logren dormir plácidamente, que falta nos hace  soñar cosas bonitas durante estos días.


Que al cerrar los ojos se encuentren la caricia de sus hijos, que puedan besar a ese chico que conocieron hace un mes, que puedan tomarse una cerveza junto a los amigos, caminar hasta el cementerio para conciliarse consigo mismos y con los que han perdido, volver a sonreír… Porque más que himnos, canciones, consignas y otras penitencias instantáneas, lo que necesitamos es algo vívido que nos recuerde lo que tuvimos, lo que tendremos. Traerlo al hoy. Algo que sólo se consigue soñando, soñando aunque sea un poquito.


Y para ayudarles un pelín, les traigo una simpática "canción de cuna" de la mano de la siempre positiva Gracia Iglesias y el elegante Ximo Abadía. Editado por Flamboyant, No puedo dormir es un viaje hacia el sueño de la mano de diez ovejas que van pasando por la mente de su protagonista. Una pasta en la alfombra, otra se esconde tras la cortina, e incluso otra se sube a lo alto del armario, todo ello para conseguir que la niña alcance cierto sopor que entorne sus ojos.
Con las sugerentes y coloristas ilustraciones del ilustrador alicantino que acompañan esta pequeña colección de rimas, seguro que caen rendidos a los pies de Morfeo. ¡Pero ojo! No se olviden de lo que dice Alazne: sueñen bonito, a veces es lo único que nos queda para ser felices.

sábado, 28 de marzo de 2020

¡Que viva la imaginación! Libros infantiles y aburrimiento




Ayer terminaron las primeras dos semanas de la larga cuarentena y los ánimos comienzan a minarse. Parece que ya hemos normalizado la situación, algo que queda patente en muchos de nuestros comportamientos. Cada vez son menos las llamadas de amigos y familiares para ver cómo vamos, se intuye menos entusiasmo en las propuestas de las redes sociales y empezamos a respirar cierta desidia y silencio en los supermercados. Es normal, empezamos a acostumbrarnos a una nueva vida que nos tiene atada a cuatro paredes en contra de nuestra voluntad y nuestras emociones y vivencias se hacen más asociales.
Mientras el tiempo nos aclara las respuestas que daremos individuos y sociedad a este confinamiento involuntario (aunque muchos hablan del “big brother” de Orwell y sus secuelas en forma de reality show, matizo que, a pesar de las similitudes, el contexto es otro), lo que más nos interesa es mantenernos apartados del influjo del aburrimiento, una sensación nada deseable para las semanas que nos quedan encerrados, pues puede acarrearnos muchos llantos, crisis existenciales y quebraderos de cabeza.
Es por ello que hoy les invito a un pequeño viaje por una serie de álbumes que toman como hilo argumental el aburrimiento para que de paso se animen a hacer cosas. Desde plantar las semillas de un limón, dedicarse al dibujo o la costura, e incluso leerse un libro son algunas de las ideas para disfrutar del tiempo de relax que nos ha “regalado” (entrecomillo para gambiteros) el dichoso COVID-19.
Si hay un sector de la población consciente de lo que supone aburrirse ese es sin duda los niños. El “Mamá, me aburro” es una constante en la vida de cualquier hogar con niños que gustan de estar activos durante el día. Además los adultos sabemos que es mejor mantenerlos enfrascados con alguna actividad antes que atenernos a las consecuencias de sus “brillantes” ideas.


En muchas ocasiones los mayores somos capaces de paliar dicha ociosidad, una situación de la que se hacen bastantes libros para niños, como por ejemplo Poka y Mina en el cine de Kitty Crowther (Cuatro Azules), en el que Mina empieza a aburrirse después de agotar sus ideas de entretenimiento y Poka decide llevarla por primera vez al cine.
Cualquier adulto podría pensar que este es el esquema más fácil en la vida real (los adultos siempre tratamos con mucha condescendencia a nuestros pequeños, ya que nosotros nos creemos más válidos), pero sin embargo, la literatura infantil nos dice otra cosa, pues en el cosmos de la literatura infantil no abunda mucho esta situación en la que padres o docentes marquen el ocio de los críos, sino que en la mayor parte de los álbumes que hoy presento en este breve monográfico, son los niños los verdaderos y decisivos actores de su entretenimiento formal.


En algunas historias es la figura del adulto la que incita a la autonomía lúdica del niño, algo que podemos observar en libros como Me abuuurro… de Claude K. Dubois (Blackie Little), ¡Me aburrooo! de Carmela Trujillo y Marta Sevilla (Combel) o Me aburro como un burro de Carmen Gil y Marta Gallo (Ramaraga). En los tres el progenitor o su abuelo (tercer título) insta a los pequeños a que encuentren nuevas formas con las que divertirse aunque el desenlace sea muy diferente. Mientras que en el primero se realiza una crítica al entretenimiento a base de dispositivos electrónicos (seguro que muchos de ustedes habrán pasado por lo mismo estos días) y la historias se resuelve con un vuelco escatológico, el segundo y tercero se centran en la defensa de lo que nos mantendrá ocupados en los siguientes párrafos: la imaginación como acicate para disfrutar del tiempo.




Mención aparte merece ¡Qué aburrimiento!, uno de los títulos de la colección protagonizada por Lobito y creada por Magali Clavelet (Flamboyant) donde el personaje se encuentra con un día de lluvia que va a echar por tierra sus expectativas del fin de semana. A pesar de que sus padres le han preparado todo tipo de actividades, él termina aburriéndose hasta que, por culpa de una araña, comienza a cuestionarse sobre lo cotidiano. Un libro cargado de humor que nos abre una puerta a la curiosidad desde el enfado y la inocencia.


Y es que en la mayor parte de estos libros son los propios niños quienes deben componérselas para hacerle frente a una situación de nulo disfrute, generalmente haciendo uso de su sola fantasía, un contexto en el que, inevitablemente, me viene a la cabeza la Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, pues, aburrida de ese libro sin dibujos decide perseguir a un conejo blanco que la transporta a un mundo onírico donde hay mucho que hacer.


Es así como resuena ese eco en obras como En el desván de Satoshi Kitamura (Fondo de Cultura Económica), Un gran día de nada de Beatrice Alemagna (Combel), Nina y Kike se aburren de Rocío Araya (Milrazones), A veces me aburro de Juan Arjona y Enrique Quevedo (Tres Tigres Tristes), La rebelión de los aburridos de José Carlos Andrés y Francesc Rovira (La fragatina) y ¡Qué aburrimiento! de Henrike Wilson (Lóguez). En todas ellas el mundo onírico infantil se abre camino entre las negras nubes del aburrimiento e ilumina a sus protagonistas en situaciones que van desde el descubrimiento del universo hasta una realidad amplificada.


En el primero, uno de mis álbumes favoritos, un niño con una tonelada de juguetes se aburre enormemente y descubre una escalera que lo lleva hasta el desván, un lugar maravilloso donde vivirá las más variopintas aventuras. No se pierdan el final porque la historia da un vuelco maravilloso gracias a una madre realista.


El de Beatrice Alemagna es para tirar cohetes, no solo por un estilo tan reconocible (el chubasquero naranja, las ópticas variadas, las formas un tanto grotescas, manchas de color...), sino por haber reunido en el plano discursivo toda una amalgama de temas como la soledad infantil, la inutilidad tecnológica, el poder de la aventura y la imaginación, la magia de la naturaleza. Todo se articula maravillosamente en pro de un álbum excelente.


En el tercero, Nina y Kike, los protagonistas, prueban todo tipo de fórmulas para rellenar su ocio. La cosa se pone cada vez más difícil hasta que de repente todo fluye según lo esperado y la sorpresa es mayúscula gracias a su enorme inventiva.



El tándem Arjona-Quevedo nos presenta una situación similar en el tercer título de esta categoría en el que el protagonista se entretiene poniendo caras. Cara de pato, cara de vaca, cara de ambulancia… Las personas ¿normales? tienen estas cosas en momentos de aburrimiento máximo.


En La rebelión de los aburridos, los autores apuestan por la lectura como vía de escape a esos momentos de aburrimiento. Una buena forma de sacar las historias que andan escondidas en las estanterías acompañados de una bruja bastante especial (¿Qué nombre es Permuta para una bruja?) y una araña que no podemos perder de vista.


El último título está protagonizado por un oso que se aburre mucho y no encuentra a nadie para jugar y pasarlo bien, todos están ocupados. Así que, harto, se tumba sobre el prado y deja que su mente viaje por otros derroteros. Me encantan las guardas, ¿y a ustedes?


Mención aparte merecen dos libros. Uno es Me aburro de Shinsuke Yoshitake (Pastel de Luna), un libro del que hablé no hace mucho y que sería algo así como una enciclopedia un tanto sui generis de lo que consiste el aburrimiento y sus diferentes formas. Recomendadísimo para paliar el aburrimiento a base de carcajadas.


El otro es el ¡Me aburro! de Marc Rosenthal (Faktoría K de Libros) un álbum que bebe de los elementos del cómic sin llegar a serlo y que le da una vuelta de tuerca al argumento clásico de este tipo de libros. El protagonista cree que su vida es aburrida porque no sabe mirar a su alrededor, perdiéndose de este modo un entorno que tiene muchas sorpresas que ofrecerle. Seguramente ustedes se sientan así estos días, así que tomen nota.



Y como no podía ser menos también existen álbumes donde los versos y la rima se transforman en un alegato al entretenimiento y dar puerta a tanta quietud y desidia. Entre estos contamos con Señor Aburrimiento, un libro de Pedro Mañas y David Sierra Listón (Libre Albedrío) en el que la imaginación también está muy presente a pesar de tener consecuencias poco deseadas –sobre todo para los padres del protagonista-. 


También podemos hablar de Celia se aburre, otra historia rimada, en este caso de Celia y Gloria Rico (Beascoa) en la que una niña descubrirá que la naturaleza, la curiosidad y la constancia, además de llenar ratos muertos, tiene su recompensa.



Para terminar con el álbum de ficción traigo Terriblemente aburrida, un libro de Raquel Bonita editado por Bookolia que nos habla del aburrimiento pero al mismo tiempo invita al espectador a jugar con la disyunción entre texto e imágenes. Y es que si lo que le ocurre a nuestro protagonista es aburrirse, a mí me gustaría estar aburrido a todas horas...



Sobre poemarios y otros engendros rimados llamo la atención sobre dos títulos, La ostra se aburre un álbum de Ana Luisa Ramírez y Artur Heras (Diálogo) donde las palabras y los animales marinos despiertan el afán por el entretenimiento y la musicalidad (hay CD musical), y ¡No se aburra! de Maité Dautant y Mateo Rivano (Cataplum), un clásico del anti-aburrimiento en América latina que desarrolla multitud de recursos de toda índole para que el lector disfrute.



Como ven hay bastantes libros que hablan de este tema en la LIJ. A todos ellos podríaos añadir otros muchos como El pequeño Edu no se aburre nunca, un libro para primeros lectores de Benni Lie (Juventud), ¿Te aburres, Minimoni? la secuela del conocidísimo álbum de Rocío Bonilla (Algar), el ya descatalogado El monstruo se aburre de David Wood y Clive Scruton (Anaya), o la colección de viñetas de Liniers que se recopilan bajo el título Feliz, feliz aburrimiento (DeBolsillo).




Y sin más, les dejo que disfruten de esta tarde de sábado. Y si no saben qué hacer: tomen nota de los niños. Ellos siempre encuentran la manera de enseñarnos lo sencilla que es la vida.