martes, 26 de febrero de 2019

¿Sube o baja la LIJ?



Todo sube y toda baja. Hace unos años los de Podemos estaban en la cresta de la ola, hoy son los de Vox los que les llevan la delantera (Veremos quienes ganan la próxima carrera electoral…). Cuando el Real Madrid no está en lo más alto, es el Barça el que tira millas (ojalá los sobrepase el Atlético, que ya estoy harto de tanta casta). Esto de las sucesiones también pasa con las divas del pop. Primero fue Madonna, le siguió Britney Spears, irrumpió  más tarde Beyonce, después Rihanna, apareció Lady Gaga hasta llegar a Dua Lipa. Así han ido unas y otras, subiendo y bajando.
La cosa no sólo va de estrellas de la canción pues la gravedad pone todo en su sitio (a menos que controlemos eso de levitar). Suben y bajan las grúas, también las norias y los ascensores. Suelen subir los aviones durante el despegue y suelen bajar durante el aterrizaje (esperemos que no sea de golpe). También sube el mercurio (cuando los termómetros se fabricaban con este metal fluido) en verano y desciende con las heladas del invierno. La savia bruta sube por el floema, y la elaborada baja por el xilema. También los humanos cuando crecemos, también los humanos cuando mermamos.


Hay cosas que siempre suben, como la hiedra cuando trepa por los muros, como las burbujas del champán, y cosas que siempre bajan, como las raíces que se entierran en las profundidades del suelo y los mineros que hurgan en las entrañas de los yacimientos.
Incluso la LIJ ha tenido sus periodos de crecimiento y de involución. No sé en qué momento estamos. Quizá la producción sigue subiendo, quizá los lectores continúen bajando, quizá se está acercando la fecha de caducidad, quizá nos hemos empeñado tanto en su difusión y transcendencia que hemos aburrido a cualquier aficionado potencial. Todo depende de cómo las fuerzas se opongan, de cómo sea su módulo, dirección y sentido. Así que mantengamos el equilibrio, nos lo dice Marta Comín en su libro Suben y bajan (editorial A buen paso).


Este libro ha pasado bastante desapercibido por los circuitos del álbum y necesita un hueco en el panorama del libro informativo (quizá no estricto pues la ficción también se abre camino en él) pues constituye una vía gráfica (y narrativa) inmejorable para establecer semejanzas, diferencias y variaciones respecto a las clásicas dicotomías que rigen nuestro lenguaje. Quizá pudiera dirigirse a prelectores y primeros lectores, sobre todo por la economía del lenguaje escrito y unas ilustraciones donde el contraste del colorido, la bidimensionalidad y lo recortado de las formas es muy patente, pero lo cierto es que cuanto más lo leo, más me encuentro en él, no sólo por lo evocador de las imágenes sino por el sentido cíclico que se observa en el orden natural y/o artificial, así que no se dejen engañar por su tamaño o apariencia, pues un adulto también puede ver su reflejo en él.
Por último vaticino que si se hubiera diseñado como boardbook, hubiera subido más… O quizá hubiera bajado… Quién sabe… Todo pasa, nada queda.

lunes, 25 de febrero de 2019

La noche nos confunde



Cada vez se hacen más duros los lunes. Es oír el despertador y echarme a temblar. ¡Cómo están los cuerpos! ¡Hechos bicarbonato! No es de extrañar pues el fin de semana ha sido un no-parar. Que si locuras familiares, una de limpieza exhaustiva, juerga sin freno… Y así sucede, que los años no pasan en balde y recuperarse es harto difícil. Sí, sí, lo sé, me repito mil y una veces eso de “Déjate de juergas y quédate en tu casa, so melón”, pero es que no hay quien se resista a una buena dosis de jarana.
Por mucho que los cuarentones vivan encantados con el tardeo, ese invento albaceteño-murciano-alicantino que está cobrando cada vez más adeptos (así los padres pueden levantarse tempranico y hacerse cargo de sus vástagos), un servidor es muy fan de la nocturnidad y alevosía. No es lo mismo entregarse a ciertos menesteres en la oscuridad que hacerlo a plena luz del día. Y es que la noche y la luna tienen gran parte de fantasía.


Esto no quiere decir que me guste vivir de noche, pues no padezco de insomnio (debe ser una putada eso de no pegar ojo), ni soy de esos que se acuestan a las tantas a golpe de serie o película, pero sí he de reconocer que hay que rendirse ante los encantos de la luna que mengua y el libre albedrío cuando sea menester, dejar que el cuerpo se embriague de tales fuerzas y elixires. Pues no es lo mismo propinar un beso de amor, contar un cuento o celebrar un evento bajo la luz de las estrellas, que a la hora del almuerzo.
Si no me creen les invito a disfrutar de Diez cerditos luneros, un álbum escrito por Lindsay Lee Johnson e ilustrado por Carll Cneut (ediciones Ekaré), en el que unos cerdos muy soñadores (y poco somnolientos) deciden abandonar la cama para aventurarse en la noche. Con cierto deje a otros álbumes que ensalzan los valores nocturnos como La cocina de noche de Sendak o El maravilloso viaje a través de la noche de Heine, este libro abandona la fantasía como valor intrínseco del universo de la oscuridad y los sueños, y se dirige hacia derroteros más realistas y sugerentes. A ello hay que añadir la gran compenetración entre texto e imágenes, una que proporciona al lector varios discursos y le ayuda a interactuar como espectador y participante.


Sobre las ilustraciones del maestro Cneut decir que son inmejorables. El contraste entre las sombras (¿Adivinan qué otros animales viven en el resto de casas?), el ecosistema azulado que envuelve a las figuras de los protagonistas (N.B.: Si lo comparan con la última escena del álbum en la que despunta el sol, verán el contraste), la presencia de la luna y su luz (me encanta la escena en la que queda velada por culpa de las nubes) y un ejercicio compositivo que imprime mucho movimiento, hacen de este libro una delicia para soñar solo o acompañado.
¡Ah! Y no pierdan de vista a ese cerdito lector y el libro que lo acompaña durante toda la acción.


viernes, 22 de febrero de 2019

Las mil y una vidas de la lectura



Tengo tantas vidas que ya no sé quién soy. Maestro y lector, mis profesiones actuales. De vez en cuando escritor, cocinero, nadador, fotógrafo, pintor y hasta albañil (menos mal que no tengo que darme de alta para desempeñar tales funciones). En un pasado fui científico, ilustrador botánico y viajero. De eso quedaron los posos, así que a veces sueño con dar la vuelta al mundo o descubrir una especie nueva. Sólo me queda preguntarme: ¿De tanto leer se me habrá ido la chaveta?

[…]

¿Soy yo aquel del catalejo
y la pata de madera?
¿Y aquel que saca conejos
del fondo de una chistera?
¿Y aquel otro que a lo lejos
navega en una bañera?
¿Será todo un espejismo
o será que en el espejo
solo me veo a mí mismo?

[…]

Pedro Mañas.
En: Señor Aburrimiento.
Ilustraciones de David Sierra Listón
2018. Almería: Libre Albedrío.


jueves, 21 de febrero de 2019

La importancia de llamarse Francisco Meléndez



Inmerso en la época de exámenes (esto de que los políticos nos presionen para tener un éxito escolar palpable nos va a quitar la vida), necesito algo con lo que distraerme mientras corrijo, así que, dejando a un lado el mermado mercado de novedades (es lo que tienen los primeros meses del año) y habiéndome percatado de que nunca me había detenido en uno de mis ilustradores españoles favoritos (me declaro absoluto fan), aquí me hallo, trayendo a la palestra al genio y figura de Francisco Meléndez.
Seguro que los recién llegados al mundo de la LIJ, muchos de los que se pirran por Benjamin Chaud, Shaun Tan y Oliver Jeffers, este nombre les sonará a chino, pero el caso es que este señor ha dado al mundo del álbum en particular, y de los libros infantiles en general, títulos sobresalientes que deberían publicarse sin parones en muchas lenguas del mundo. Pero como esto no es así (ya saben: las modas, los intereses comerciales, el mismo rollo de siempre…), le toca al Román hacer un poco de justicia con la obra de este maño.



Francisco Meléndez (Zaragoza, 1964) ingresa a los quince años en la escuela militar como corneta. Aunque allí practica el dibujo y cultiva la música, la literatura o la historia, abandonó a los pocos meses la idea y piensa que lo mejor será surcar los océanos como marino mercante y viajar por el ancho mundo. En el camino se le cruza el amor y se tiene que quedar en Aragón. Entre pitos y flautas cumple la veintena y realiza sus primeros trabajos como ilustrador para el Ayuntamiento de Zaragoza, un tríptico y El hombre del aire libre (1984), un libro editado por la misma entidad, con texto de Rafael Gastón y de clara orientación ecologista, por el que (según cuenta Meléndez) le timan.


Después de este primer trabajo, se encarga de ilustrar El valle de los cocuyos, un evocador relato de la colombiana Gloria Cecilia Díaz Ortiz enmarcado en el realismo mágico y que es galardonado con el premio Barco de Vapor en 1985. Aquí ya se puede observar su trabajo delicado y detallista en el que da buena muestra del proceso de investigación sobre la iconografía precolombina que impregna sus imágenes.
Un año más tarde (1986), trabaja para La oveja negra y demás fábulas, un libro de Augusto Monterroso (Alfaguara), por el que recibirá el premio Nacional de Ilustración de libros infantiles y juveniles al año siguiente, un reconocimiento institucional que le hace despuntar entre los nuevos ilustradores que continuaban la labor renovadora de la llamada generación del 70.


Es así como Meléndez se prepara para la que, bajo mi criterio, es una de sus mejores obras, las ilustraciones para El cascanueces y el rey de los ratones, de E.T.A. Hoffmann, publicado por Montena en 1987. Sí, les confieso que para mí es una de las ediciones más bellas de la obra, no sólo por el estilo de esas ilustraciones con aguadas planas que recuerdan a otro tiempo, sino por las composiciones tan estudiadas que beben de la tradición. Sí, lo digo tal cual: forma un trío inmejorable junto a las versiones de Maurice Sendak y Roberto Innocenti.


Meléndez sigue ilustrando y en 1989 publica El verdadero inventor del buque submarino (Ediciones B), que firma como Annibal Gobelet, uno de los personajes del libro. Esta historia de corte clásico que narra la creación del submarino como producto de la inspiración amorosa (¡No me digan que no es bonito!), es para mí, su mejor obra, ya que constituye un inmejorable ejemplo de álbum ilustrado moderno en el que ilustraciones, texto y ¡caligrafía!, se conjugan armoniosamente para crear una producción única e irrepetible. 
Llamo la atención sobre el gran trabajo de investigación previo (denótese el deje barroco en él), el uso del color y su genial composición. Así es como el libro obtiene una mención al libro mejor editado en la feria LIBER (1990), el Premio Nacional de Ilustración (segunda vez) en 1992, y la Medalla de Plata en la exposición Schöntes Bücher Alles Welt (les traduzco: Los libros más bellos del mundo) de Leipzig, lo que llama la atención de editoriales afamadas internacionalmente como la neoyorquina Harry N. Abrams (N.B.: Edición en inglés que poseo pero que les aviso, carece de algunos elementos caligráficos maravillosos que sí recoge la edición española).


Un año más tarde, 1991, ve la luz Leopold: La conquista del aire, un libro que, como en el caso anterior, va firmado bajo el nombre de Oskar Keks y nos cuenta la historia de tres estudiantes universitarios que descubren los apuntes de un profesor un tanto chiflado que les invita a volar (¡Acudan a una biblioteca y descubran quién de los tres lo consigue!). En esta obra mucho más colorista que la anterior (las aguadas son más intensas), encontramos cierto aire victoriano y perspectivas cinematográficas que provocan que la productora Walt Disney/Touchstone Pictures adquiera los derechos de este libro para su adaptación cinematográfica, probablemente por el director Tim Burton (No sé yo si se merecería tanto este director, la verdad), un proyecto que hasta la fecha se desconoce (Y lo que te rondaré, morena...).


Tras estos dos álbumes deliciosos ven la luz otras tres obras de su autoría bastante llamativas, El viaje de Colonus (Aura Comunicación, 1992), Kifuko Yep-yep Nami-gu (Yep-yep, el primer Homo sapiens) (Ikusager, 1992) y El peculiar Rally París-Pekin (Aura Comunicación, 1993). Los tres son muy diferentes pero igualmente interesantes. El primero es un libro en acordeón (unos cuatro metros de largo) que narra el viaje del almirante hacia el descubrimiento del Nuevo Mundo, el segundo bebe de la estructura del libro-manual sobre antropología estrambótica (también lo pueden llamar pseudo-informativo si quieren), y el tercero trata sobre una carrera donde el humor es el santo y seña.


No hay que olvidar el buen puñado de ilustraciones para obras narrativas como Jacobo no es un pobre diablo de Gabrielle Heiser (SM), Los buscadores de tesoros un clásico de Edith Nesby (Alfaguara), Los cuentos de mis hijos de Horacio Quiroga (Alfaguara), Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift (SM,), Los Machafatos de Consuelo Armijo, los Ocho cuentos del perrito y la gatita de Josef Capek (Austral Juvenil), la serie de Cuentos del pastor de E. Monterde (Montena), La isla de las ballenas de Juan Ignacio Herrera (Júcar), Sacha en el reino de los árboles, y Once animales con alma y uno con garras ambos de Ciro Alegría (Alfaguara), La huída de Antonio Martínez Menchén (Espasa-Calpe), Cuentos que me contaron de Gabriela Sánchez (Fundación Nueva Empresa), La noche de las papeleras de Eugenia Marquina (Diputación General de Aragón), Viaje a una casa tradicional aragonesa del valle medio del Ebro de José Aznar Grasa (DGA), las Aventuras de Mr. Boisset entre otras. A todo esto hay que añadir la portada de un vinilo sobre folklore.



Tras una década de trabajo desenfrenado, Francisco Meléndez desaparece, un hecho un tanto misterioso que acrecenta todavía más su leyenda. Según cuentan sus notas biográficas en los perfiles editoriales de Espasa-Calpe y Libros del Zorro Rojo, Meléndez se recluye en silencio y abandona su oficio tras la muerte de un ser querido. Elige vivir en un monasterio (dicen que de monjes Cartujos) y se dedica a otros menesteres, sobre todo espirituales y filantrópicos, entre los que destaca la fundación de la agrupación socioeducativa ’ãl-May’ãrî-Valmadrid, que promueve el trabajo artístico entre niños y adolescentes al margen de los cánones académicos. Les recomiendo que se pasen por el sitio de esta asociación pues alberga trabajos gráficos excepcionales entre los que destaco uno dedicado a la mineralogía más que notable (y que he utilizado en mis clases).


La últimas noticias que tenemos de él son la publicación de Los diarios de Adán y Eva (Libros del Zorro Rojo, 2010), un excepcional regreso al mundo editorial de este hombre que elige el dibujo a grafito como único vehículo comunicativo. No olvidemos tampoco algunos trabajos y publicaciones para la Universidad de Zaragoza y revistas especializadas.


Se ha hablado mucho y bueno de las ilustraciones de este hombre, para mi gusto atemporales pero muy fácilmente reconocibles, pues Francisco Meléndez sabe moverse, saltar por diferentes temáticas y tiempos, algo que se relaciona con la faceta de investigador y estudioso de la ilustración. Al mismo tiempo hay que llamar la atención sobre la época en la que desarrolla la mayor parte de su obra, los años 80 y 90, algo que le aupa como un autor de transición entre la cantera de ilustradores de los setenta que revolucionan y abren al mundo la ilustración infantil española, como Miguel Ángel Pacheco o Asun Balzola, y las nuevas tendencias gráficas que trae el nuevo milenio, a las que indudablemente también puede adscribirse Meléndez. De los primeros tomaría el auto-didactismo, el tándem tradición-vanguardia que tanto abunda en Europa, y una búsqueda por la originalidad. De los segundos la universalidad y el diálogo interior. En resumen, Meléndez pertenece a una posmodernidad con un gran abanico de recursos contemporáneos, que Ana G. Lartitegui ha definido como "un valor extemporáneo, una voz inimitable". 
Sobre las impresiones que percibo de su obra, quiero destacar, por un lado, la capacidad que tiene para transmitir los estados más íntimos del ser humano -la soledad de sus personajes me embriaga-, y por otro, la facilidad con la que capta el lado más animal de nuestra naturaleza, pues algo salvaje, descontrolado y desequilibrado, emerge de sus escenas, pues todo se desborda cuando habla de fiesta, los rostros se desencajan en las peleas, y el amor es rotundo. Y todo ese exceso, me encanta.


Lo han comparado con ilustradores como  Dusan Kallay o Fréderic Clément, han dicho que su estilo tiene elementos del falso naïve, de la pintura religiosa italiana, del surrealismo, la pintura barroca, e incluso de los artistas indígenas. También que es fantástica, onírica y evocadora. Han dicho tantas cosas de él (a las que ha restado importancia, según comentan los que lo conocen), que yo creo que es único, que bien pensado, no es poco.



Para saber más sobre este artista, unos cuantos enlaces:

La obra del ilustrador zaragozano Francisco Meléndez 

miércoles, 20 de febrero de 2019

Frikis, creativos y juguetones



El otro día, durante la guardia de patio, charlaba con el Francis sobre los alumnos. Los destripamos convenientemente y sin piedad. No es que fuésemos ofensivos (eso es para otro tipo de profesorado), pero sí llamábamos a las cosas por su nombre, que para eso están las palabras: para usarlas. Hablábamos de tipologías de alumnos, de subconjuntos y taxonomía (que así suena más fino). De alumnos convencionales (suelen ser bastante aburridos y los preferidos por ese tipo de profesores que no quieren cuestionarse su labor) y de alumnos no tan convencionales.
Yo dije que me encantaban pues pueden enriquecerte más que los otros. Que les pueden colgar el sambenito que quieran. Ellos van a su bola, cultivan distintas parcelas del saber (aunque a nosotros nos parezcan inútiles) y desarrollan sus universos particulares, paralelos. Y sobre todo son creativos, pues era algo que llevaba constatando desde hace años. El Francis me dio la razón como a los tontos (se pensaría que estaba tratando con un camarero al que debe caer simpático) a lo que yo continué metiendo algo de cizaña… “Pero no te creas, nene, que estos chiquillos, a pesar de tener un mundo interior tan rico, emocionalmente tienen las de perder, pues el sistema está montado para lo mayoritario, que aunque a mí me parezca insulso, siempre tiene más aceptación”. Acto seguido saltó el Francis y me dijo que cómo soy, que siempre me percato del lado miserable de las cosas. Yo sonreí y seguí con el paseo, esperando que algún crío más raruno que yo me asaltara con una de sus ventoleras.


Ipso facto me vino a la cabeza un título de Édouard Manceau, ¡Gracias, señor Viento! (Fondo de Cultura Económica), no por lo ventoso, sino por otras razones.
Aunque a priori el pequeño álbum para prelectores (¡Recomendadísimo a todos los maestros de Educación Infantil pues tiene grandes posibilidades!) no parece tener nada que ver con esta disquisición, creo que sintetiza muy bien la idea del espíritu creativo, uno que surge del mero azar, de las asociaciones de ideas aparentemente valientes, de la belleza por lo sencillo, incluso del caos. Pues así son este tipo de alumnos: impredecibles, volubles, juguetones y extravagantes. Vuelan como él, recogiendo en su camino papeles de colores, buscando formas con las que contarnos que la fantasía y lo improbable, siempre se unen en un abrazo. Para traernos hermosas sorpresas (rimadas, en el caso del libro) con las que alegrarnos el corazón y hacernos la vida más ligera y amable.



martes, 19 de febrero de 2019

(In)satisfechos laboralmente



Me hace mucha gracia que el personal se pase el día renegando de su profesión. Que si los alumnos insufribles, los clientes impertinentes, los políticos lameculos, los pacientes quejicosos o las guardias infinitas. Nada les viene bien. Odian lo que hacen.
Seguramente es algo que tiene que ver con la actitud, con cómo encaramos los quehaceres diarios. Pues hay muchos (a veces demasiados) que un día comienzan a despotricar y no salen de ese bucle sin salida, una forma poco acertada de hallar la felicidad pues algo de conformismo (no todo, evidentemente) tiene la vida.


También creo que todo esto tiene mucho que ver con las expectativas que nos hacemos, (nos hacen) durante la juventud. Ayudados por la soberbia de la adolescencia (¿Quién no ha sido un poco engreído en sus años de estudiante?), pensamos que el mundo laboral va a ser una fiesta, que la fama nos llamará a la puerta, que reconocerán nuestros logros y viviremos holgadamente. La cosa cambia cuando arribamos a la cola del paro (tabla rasa donde las haya) y nos percatamos de que no es un camino de rosas, que nadie se hace rico currando y que solo unos pocos alcanzan la gloria profesional trabajando como negros (no digo yo que se les regale nada), gracias a una idea brillante (la clarividencia y el azar cuentan mucho), o con estrategias menos respetables (aunque me repugnen son igualmente válidas).


Yo vivo contento con mi profesión. Tiene un lado bueno y otro lado menos deseable, pero en resumen podríamos decir que me satisface. Dejando a un lado la corrección de exámenes y ejercicios (lo que más me aburre del mundo) y alguna trifulca que otra, me ayuda a ver con otros ojos (los de mis alumnos), me rejuvenece y me mantiene alerta. También me permite hacer otras cosas, como mantener este espacio (soy consciente de mi tiempo libre y lo utilizo para cultivar otras inquietudes). Lo cierto es que no me veo haciendo otra cosa.
Los hay que hubieran querido ser astronautas, médicos, escritores, payasos o sacerdotes. Exploradores, animadoras o domadores. También  científicos, pasteleros o arquitectos. Hay tantos sueños incumplidos como estrellas extinguiéndose en el firmamento, pero antes de arrepentirse les recomiendo intentar disfrutar de lo que hacen.


Y con tanto trajín profesional hoy me detengo en un libro que había pasado por alto. Y es que Los vecinos el álbum de la israelita Einat Tsarfati que este otoño publicó en castellano la editorial Tramuntana, nos habla de muchas cosas.
En primer lugar su protagonista (pelirroja, por cierto y que ha pasado a engrosar este monográfico) me recuerda a todos estos insatisfechos pues piensa que la vida de todos sus vecinos es más interesante que la de su familia. En segundo lugar en este libro se hace un derroche de imaginación, pues las páginas se desbordan de universos imposibles que suceden en cada planta del edificio. Vampiros, ladrones, artistas de circo son los secundarios que habitan un edificio tan real como fantástico.


También hay que llamar la atención sobre la estructura de un libro que se articula en pares de páginas dobles, en las que el primer par recrea el rellano de cada escalera con una puerta sugerente que invita a la protagonista (y de paso al lector) a crear su propia idea sobre los vecinos. Al pasar la página, como si de un juego de perspectiva se tratase (me recuerda a El otro lado de Banyai), observamos la vivienda imaginada/real. Igualmente he de apuntar a todos los detalles que llenan estas estancias. Guiños al arte, a la fauna salvaje, a las situaciones familiares, al humor, incluso a lo imposible enriquecen una historia que para más inri, termina de manera redonda pues la familia de esta niña un tanto voyeur no es tan convencional...
No se la pierdan y sigan trabajando con una sonrisa.

martes, 12 de febrero de 2019

Como una tortuga



Tras unos días de asueto en Málaga (¡Qué bien se está allí! No me extraña la afluencia masiva de guiris a sus costas…), regreso con un montón de faena. No porque me la haya traído bajo el brazo, sino por toda la que me dejé pendiente aquí, sobre las estanterías, sobre el escritorio, sobre el suelo (si vieran como está mi casa… no daban crédito).
A veces me gustaría convertirme en superhéroe para poder deshacerme de todos esos nudos, trabas y líos que enmarañan una vida que debería suponerse grata, pero otras veces me digo que no importa, que sigo siendo mortal, que no merece la pena estresarse por cuestiones baladíes y poco satisfactorias.


Antes era de esos que empiezan algo y gustan de terminarlo, si no era a lo grande, qué menos que de manera aceptable y correcta; e incluso me flagelaba si esto no sucedía así, pues me gusta bastante la formalidad, sobre todo cuando en ella se veían involucradas terceras personas (en lo que a trabajo y quehaceres se refiere, las apariencias y poses me importan mucho menos). Ahora las cosas no son tan blancas ni tan negras, unas veces digo que no, otras que sí, y las más prefiero cierto tono intermedio, pues en esta vida hay que saber torear las embestidas que te propician los días.


También he aprendido a ir tranquilo por la vida. La verdad es que no me lo creo ni yo. Será la vejez, será el desencanto (¿Correr? ¿Para qué? Si a todo el mundo le da igual. Aligeren el paso por ustedes, que los demás bien tranquilos que van…). ¡Decidido! En vez de superhombre quiero ser una tortuga, no sólo porque son unos animales bastante parsimoniosos (a veces es lo que necesito…), sino porque me parecen bastante curiosos.


¿Saben ustedes que las tortugas gigantes pueden superar el siglo de vida? ¿Qué presentan caracteres intermedios entre reptiles (grupo al que pertenecen) y las aves, como por ejemplo el pico córneo? ¿Qué las terrestres pueden hibernar como algunos mamíferos? ¿Qué dependiendo de la temperatura a la que se incuben sus huevos pueden nacer machos o hembras? ¿Sabían que las tortugas fueron los primeros animales en hacer un viaje de ida y vuelta a la luna? ¿Qué muchas de las especies de tortugas del mundo se encuentran en peligro de extinción, o que inspiraron a los estrategas militares del antiguo imperio Romano para desarrollar sus formaciones de combate?


Si no han tenido bastantes curiosidades, les animo a hacer un listado de todas las tortugas que son protagonistas de la LIJ, y en la que deben añadir Las tortugas nunca duermen, un álbum de Esther Pardo con ilustraciones de Miguel Díez Lasangre que editó el año pasado Ekaré y que me pareció un librito muy hermoso sobre la relación entre una anciana y su animal de compañía, la tortuga Lina, más todavía cuando esta historia (que también bebe de la aventura) tiene su lado fantástico, pues la anciana y el animal intercambian su forma para vivir más intensamente tanto de noche, como de día.


Quizá muchos lo puedan tomar como una bella metáfora sobre el fin de la vida, de cómo poder esquivar la vejez, incluso la muerte, con unas dosis de magia y riesgo (la interpretación de los símbolos la dejo a otros más duchos en esto), yo sólo les digo que a un servidor le ha encantado, ténganlo en cuenta a la hora de hacer un descanso que yo hoy tengo tarea…

viernes, 8 de febrero de 2019

Buscando animales con mucha chispa




Mi sobrino se pasa el día acechando. No sabemos qué, pero mira que te mira, acaba encontrando. En el techo, en lo alto de una mesa, en los botones, en la espuma del estropajo. Intuye su figura, los observa con detenimiento. Unas veces tranquilo y otras extrañado. De pronto, se sonríe como si se hubiera topado con algún hallazgo. Dirijo mis ojos hacia donde él posa los suyos. De repente, también lo veo. ¿El tostador? Me mira, nos miramos, y creo que los dos hemos encontrado lo que andábamos buscando. No sé si lo mismo (pues la imaginación también se apunta al juego), pero lo cierto es que algo se mueve ahí debajo. Un león, un búho, quizá un elefante... La chispa adecuada lo llamábamos.
Darle al interruptor y ver como se enciende la bombilla. Los calambrazos que propinan algunos enchufes. Motores sonando. No cabe duda, lo suyo son los electrodomésticos, los robots y los vatios. Los animales eléctricos, vaya. Esos que conviven con nosotros, como fieles mascotas, como gnomos contemporáneos. Y si no los ves, es que no has elegido el voltaje adecuado, pues sólo necesitas recitar unos versos encantados...

Sobrina de los faros,
prima de las linternas:
la jirafa alumbra.

Por eso la siguen
insectos,
recuerdos de verano,
y planetas aún no descubiertos.

María José Ferrada.
La jirafa.
En: Los animales eléctricos.
Ilustraciones de Toyohiko Kokumai.
Traducción de Kazumi Uno.
2019. Barcelona: A buen paso.


jueves, 7 de febrero de 2019

Joyas de LIJ que quitan el sentío



En breve conoceremos el desenlace del Brexit, uno de esos procesos indeseables que laceran la vieja Europa. Muchos nos veremos abocados a no visitar el país vecino con tanta asiduidad como nos gustaría. Es una pena, pues los monstruos solemos encontrar verdaderas joyas en las librerías de segunda mano que abren sus puertas por todo el país. Libros que nunca han visto la luz en nuestra lengua, ni creo que la vean, pues por sus características son poco asimilables por nuestra realidad editorial, una en la que priman aquellos productos en lengua castellana (algo bastante lógico, por otra parte). Es por ello que me creo en deber de obviar de vez en cuando el mercado de novedades nacional y posar mis ojos sobre libros maravillosos y desconocidos como el de hoy.


La primera vez que me topé con Anno’s Alphabet fue en una tienda de caridad (traducción literal de “charity shop”) de Covent Garden, una zona londinense con mucho poderío. El volumen estaba en perfecto estado (excepto una "camisa" ligeramente ajada y unas marcas a lápiz del antiguo propietario, estaba muy bien cuidado) y el precio era irrisorio, así que lo compré sin dudarlo pues necesitaba leer con detenimiento este libro del año 1975.
En primer lugar toca hablar de Mitsumasa Anno, uno de los más afamados creadores de álbumes ilustrados cuyos libros no suelen dejar indiferentes. Aunque muchos de ustedes no lo conozcan (sobre todo porque la mayor parte de sus obras traducidas al castellano no se encuentran disponibles a consecuencia de la descatalogación), este nonagenario nacido en Tsuwano (prefectura de Shimano, Japón) en 1926 (sí, todavía está vivito y coleando), recibió el premio Andersen en 1984 por el conjunto de su obra, una que busca el deleite visual, el desarrollo de la imaginación, la búsqueda del discurso y la alfabetización artística desde diferentes prismas.


Muy conocido en nuestro país por obras estupendas como El viaje de Anno, El misterioso jarrón multiplicador, Trucos con sombreros o Las semillas mágicas, el libro en el que hoy me detengo es uno de los más especiales y, por qué no, también inquietante de este nipón. Anno’s Alphabet (sería más adecuado decir Anno’s Alphabet An Adventure in Imagination, que además de ser el título completo, resume a la perfección la intencionalidad de un libro muy pensado) tiene estructura de libro-abecedario, concretamente de lengua inglesa (N.B.: En muchas ocasiones se le ha preguntado al autor sobre esta decisión a lo que él ha respondido que es un libro que nació con la intencionalidad de abrirse a un mundo más plural) formado por una sucesión de dobles páginas que presentan cada letra del alfabeto en la página izquierda y una ilustración referida a dicha letra en la de la derecha. Hasta ahí, todo sigue el arquetipo habitual. Lo sorprendente viene cuando nos internamos en los detalles que subyacen.


Todo comienza con una sucesión de imágenes que narran una historia. Primero un árbol, después un hacha que lo tala, el banco del carpintero, la talla de la madera, y un libro con la inscripción “ABC” en su tapa. Esa es la portadilla. Empezamos bien, pues año modifica la estructura habitual del libro y le confiere a esta parte un aspecto narrativo, peritextual, con carácter de prólogo.




Se abre camino la sucesión de letras. Todas ellas labradas en madera, con formas imposibles, perspectivas retorcidas, mecanismos que las aproximan al mundo de los álbumes de conocimientos, y cicatrices que anuncian nuevas historias en la mente del pequeño lector. Un mundo un tanto surrealista que recuerda al trabajo de genios como Escher y que dan buena cuenta de la magia que puede rodear a un abecedario tan sinuoso como este. 


En las ilustraciones de las páginas derechas encontramos las imágenes de referencia a estas letras. Bomberos, relojes, arlequines, cebras, paraguas e incluso guiños metaliterarios (vean el mapa de La isla del tesoro) se abren camino en las páginas de un libro con una selección de objetos, situaciones, animales y personales poco habituales para un libro (se supone) dedicado a los prelectores, algo que por otro lado me encanta pues da buena cuenta de la preocupación por un enriquecimiento del léxico y no de un libro con intenciones didácticas. En ellas, Anno les confiere vida con muy variadas técnicas que van desde la clásica figurativa, hasta el surrealismo manifiesto, sin olvidar el guiño al material de partida: la madera.





Mención aparte merecen las orlas que rodean a los motivos ilustrados. Unas filigranas a tinta de estilo clásico donde abundan vegetales y figuras cuyo nombre también empieza por la letra que se trata en cada doble página, una sorpresa añadida que enriquece este mundo onírico creado por Mitsumasa Anno.


Para más inri y por si el lector (novel o experimentado) se pierde entre tanta referencia y búsqueda incansable (les confieso que yo sigo encontrando detalles en El viaje de Anno después de un montón de años), el libro contiene un apéndice final donde se incluyen todas (¡Gran idea!), así como una pequeña biografía del autor.
Y con esto y un bizcocho… ¡Ups! ¡Un momento! Falta la sorpresa final… Deben retirar la camisa, ese papel que protege al libro y donde aparecen el título y los interrogantes de inicio y fin, y descubrir con sus propios ojos el libro que han estado leyendo.


Una pena que el libro, candidato para la Medalla Kate Greenaway en 1974, fuera descalificado por una falta de forma. Los jueces del premio británico se dieron cuenta de que el autor era japonés y que el libro se había publicado originalmente en Japón (a pesar de estar en inglés) y no en Gran Bretaña. A pesar de ello, los jueces quedaron tan impresionados con el trabajo, que recibió una mención especial del certamen.