martes, 22 de abril de 2025

Adolescencia y redes sociales


Adolescencia. Es la palabra de moda durante las últimas semanas gracias a una miniserie de televisión que ha puesto al descubierto los problemas que puede desencadenar el uso indebido de las redes sociales. Y lo peor de todo es aguantar a los padres que me rodean preguntándome qué opino al respecto. He aquí mis comentarios. El que quiera, que lea.


Lo primero de todo es que no la he visto ni tengo intención de hacerlo. Eso de entrar en bucle con los problemas profesionales no es lo mío. Ya tengo bastante con el día a día en las aulas, como para seguir alimentando sus demonios. Prefiero sumergirme en nuevos planteamientos, que recrearme en miserias más que asumidas.
En segundo lugar, les recuerdo que, como en cualquier otra serie de ficción basada en hechos reales, no todo lo que recoge sucede en el mismo grado, en el mismo orden o a la misma persona. Evidentemente, los guionistas trabajan para una industria que en muchas ocasiones necesita de la audiencia para tener éxito asegurado. Cuánto más impactante sea el producto a nivel mediático, más se hablará de este y las ganancias serán mayores.


No obstante, y a pesar de estas dos primeras consideraciones, llegamos al punto más peliagudo. ¿Los chavales utilizan las redes sociales como el protagonista de la serie? El sí es rotundo. Acosan a sus compañeros, hacen comentarios inoportunos e hirientes a conocidos y amigos, comparten contenidos inapropiados, manipulan archivos y cometen delitos tipificados en el código civil. Las cosas ya se van de las manos de los adultos, conque los críos…
Y muchos replicarán: “Mi hijo/a no”. Y yo les diré: “Desde el momento que tú le haces entrega a un chaval de 10 a 12 años de un dispositivo móvil con conexión a internet sin ningún tipo de control (y cuando digo control, digo control), te puedes esperar cualquier cosa”.
Me maravilla esa ligereza con la que muchas familias con cierto estatus y formación regalan estos objetos e incluso lo justifican. “Así puedo saber qué hace en todo momento… Es que me paso el día fuera de casa…” “Lo necesita para hacer las tareas de clase…” “Si es como una consola, ¿qué puede hacer con él…?” ¡Ja! El quid de los aparatos con conectividad a internet está en su interactividad y su cripticismo, es decir, el móvil permite el acceso a cualquier tipo de contenido y al mismo tiempo solo el usuario tiene el poder de saber a lo que accede y hace con él esquivando toda supervisión.


El otro día me comentaba una amiga que su hermano le compró un móvil a su sobrino con la condición de que podría leer todas sus conversaciones en las redes sociales y saber el historial de navegación. Evidentemente, el chiquillo le dijo que estaba de acuerdo, a sabiendas de que él era quién tenía el control y no su padre: podía mantener o borrar los contenidos que quisiera, es decir, manipular la visión que su progenitor tenía de él (ojito…). Convertirse en un chaval responsable, aunque actuara como un demonio. ¿Se les eriza el vello? Pues imaginen a Maquiavelo con un bicho de estos entre las manos…
Sí, queridos monstruos, la raíz del problema está en la tenencia de estos aparatos y no en su uso. Como todos sabemos, la niñez tardía y la adolescencia son lo que son, aunque muchos se venden los ojos. Los jóvenes trasgreden las normas. Unos muchas veces, otros, las menos, pero siempre hay oportunidad para ello. Y no me vengan con que la educación lo soluciona todo. Autoridad, instrucción y prohibición también cuentan (fíjense en el código de circulación dirigido a los adultos...).


¡Y ojo! Quienes crean que los políticos pondrán freno a los problemas que atañen exclusivamente al entorno familiar, se equivocan. Según rezan las leyes de mi comunidad autónoma (como en otras tantas), el uso del móvil está prohibido en las aulas, pero les puedo decir que el 80% de mis alumnos de 12 años (1º E.S.O.) acuden al centro con este en el bolsillo y, por supuesto, en connivencia con sus padres. Y no seré yo, humilde profesor, quien se enfrente a un hecho aceptado socialmente mientras no se utilice en mi presencia (que si los hijos viven embelesados con las pantallas, hay que ver a los padres...).
Así que, no me mareen más con su culpa desmedida y su amor paternal para que desmienta o confirme lo que expone esta serie de televisión. Adolescencia solo les ha hecho ver que la piedra está en su tejado. En su mano está dejarla o quitarla. No me den más la vara, por favor.


Acompañan este post, álbumes como:

Helen Docherty y Thomas Docherty. La zampa pantallas. Maeva Young

Paula Merlán y Concha Pasamar. Algo está pasando en la ciudad. Cuento de luz.

Pilar Serrano y Anna Font. Cuando la tecnología secuestró a mi familia. Tramuntana.

Para más álbumes sobre esta temática, no te olvides de visitar ESTE OTRO POST

viernes, 18 de abril de 2025

De la paternidad a la niñez


Los hijos traen alegría, pero también mucho padecimiento. La llegada de un hijo debe ser algo bastante difícil, sobre todo si es el primero. Una mezcla de sentimientos encontrados. Por un lado te sientes pletórico, pero por otro te caes del guindo y sabes que ya nada va a ser igual que antes, no solo por la responsabilidad que esto supone, sino por los cambios que se avecinan. Y no me refiero a la crianza, sino a ese lado más personal en el que se extrapolan la niñez, la madurez y la vejez, se mezclan los deseos frustrados con la resignación, se abusa de la contención emocional y se pone a prueba la resiliencia. Un caro peaje que probablemente han explorado muchos poetas. He aquí la muestra.

Rueda que irás muy lejos.
Ala que irás muy alto.
Torre del día eres,
del tiempo y el espacio.

Niño: ala, rueda, torre.
Pie. Pluma. Espuma. Rayo.
Ser como nunca ser.
Alborear del pájaro.

Eres mañana. Ven
con todo de la mano.
Eres mi ser que vuelve
hacia su ser más claro.
El universo eres,
que gira esperanzado.

Pasión del movimiento:
la tierra es tu caballo.
Cabálgala. Domínala.
Y brotara en su casco
su piel de vida y muerte
de sombra y luz, piafando.

Asciende, rueda, vuela,
creador del alba y mayo.
Alumbra. Ven. Y colma
el fondo de mis brazos.

Miguel Hernández.
Niño.
En: 12 poemas de Miguel Hernández.
Ilustraciones de Pep Carrió.
2025. Pontevedra: Kalandraka.


viernes, 11 de abril de 2025

¿Qué tendrá el mar?


Algo en el aire me suena a espuma. Algo en el agua me suena a sal. No debo ser el único, pues todos se encaminan hacia la orilla. Algo nos llama desde el mar. ¿Qué será? Quizá los días de asueto que se avecinan. Quizá las ganas de desconectar. Quizá pisar la arena con los pies desnudos. Quizá recrearse en un tiempo fugaz.


Sea lo que sea, es lo que hay: a todos nos hipnotiza el vaivén de sus olas y su horizonte infinito. Dicen los que viven cerca que es como un imán, que si te alejas de su sonido, tarde o temprano, a él volverás. Dicen los que viven lejos que es como las sirenas, que si te acercas a su canto, no podrás escapar.
Unos y otros dicen. También escriben y también lo dibujan. El océano es una fuente inagotable de inspiración. Véase como ejemplo este poemario, una suerte de ponto que, a golpe de versos y metáforas ilustradas, nos acercan su rumor. No se lo pierdan y disfrútenlo estos días mientras se regalan un chapuzón y coleccionan caracolas.

Había un pirata
que leía el mar.

El mar de los mapas
y el mar de verdad.

Reflejos de luna,
brillos de cristal,
la estela que un barco
dejaba atrás.

Leía y leía
sin pestañear
las olas que vienen,
las olas que van.

Lejano horizonte,
estrella polar,
tesoros hundidos,
islas de coral.

Había un pirata
que leía el mar.

Leía y leía
para navegar.

Leía y leía y leía y leía,
de su biblioteca
no salió jamás.

Juan Carlos Martín Ramos
El pirata que leía el mar.
En: La suerte de encontrar una caracola.
Ilustraciones de Rosa Ureña Plaza.
2024. Valencia: Iglú.



miércoles, 9 de abril de 2025

Clásicos reinterpretados


Si bien es cierto que la literatura de consumo está en su punto más álgido, ¿qué sucede con los clásicos? A pesar de que los profesores nos hemos inventado todo tipo de recursos para hacer llegar los clásicos a los alumnos de una forma más o menos amena, sigue existiendo esa percepción anacrónica insalvable por parte de los jóvenes que les invita a negarse a leer obras que se escribieron hace décadas o cientos de años.
A pesar de esta realidad que constatamos en todos los centros de secundaria a lo ancho y largo del globo terráqueo, de vez en cuando y como por arte de magia, un grupo de alumnos se encandilan de una de esas historias que tanto han disfrutado las generaciones anteriores. Fortunata y Jacinta, La casa de Bernarda Alba, Tres sombreros de copa… Hay muchos libros que, por alguna extraña razón son capaces de calar entre un público que encuentra entre sus páginas un reflejo en el que mirarse.
Esa es la magia de los clásicos. Cuando muestran su verdadera naturaleza, no hay quien se resista a ellos. Un buen momento para aprovecharse de la situación y llenarse de barro: entablar un diálogo con los chavales, preguntarles sobre puntos comunes, establecer sinergias intergeneracionales y ver cuán universales son esas novelas, relatos u obras de teatro que trascienden a otras de reciente factura que se quedan cortas cuando las comparamos con las líneas argumentales y los personajes que autores de siglos anteriores elaboraban con más decoro y elegancia.


Es por eso que aprovecho este post para sumergirme en la pequeña colección de clásicos con forma de álbum que se está marcando la editorial canaria Diego Pun. Si no teníamos bastante con Quijote y Lazarillo, llega Celestina. De la mano de Luis San Vicente, Ernesto Rodríguez Abad y Benigno León Felipe se recuperan clásicos de la literatura española en otro formato que, lejos de simplificar las obras íntegras de Cervantes o Fernando de Rojas, las complementa con una cosmovisión enriquecida con nuevos elementos.


Así, en esta ocasión, la Celestina está representada como artífice de un teatro de marionetas que hila, devana y corta los hilos de la vida y del amor. Una suerte de parca, una manipuladora que, con su lengua vivaracha y sabiduría popular, es capaz de modificar la trama de una historia que sigue vigente en las pantallas de la televisión, los líos de faldas en islas paradisiacas y las cuitas de poder en las grandes multinacionales.


Ayudado por el formato y los giros de doble página que nos obliga a practicar el texto, lo teatral se despliega ante nosotros con escenas que intercalan panorámicas horizontales y miradas abruptas en las que la correveidile se siente dueña y señora de un elenco digno del Oscar a la mejor película de picaresca española.


Calisto y Melibea. Melibea y Calisto. No son nadie. Viven cegados por el amor y se dejan corromper emocionalmente por una vieja alcahueta de clase baja, hedonista y bastante amoral. Sin duda es el personaje clave de este melodrama amoroso que Luis San Vicente se encarga de ubicar en una posición central de este álbum lleno de ademanes afectados (Fíjense en los tórtolos. Son para matarlos…) y algún desdentado (Los criados y su pelaje son una maravilla).


Muchas de las imágenes se tiñen de rojo, como los ojos de los cuervos que sobrevuelan a Celestina, como el telón de ese teatrillo de las guardas que acaba hecho jirones, como el trasfondo pasional de esta historia. Y también hay calles y viñetas que le aportan dinamismo a una obra que se ha llevado a las tablas y el cine. 
Si bien es cierto que hay metáforas muy hermosas (esa pareja de gorriones sobrevolando el azul celeste es muy cautivadora), echo de menos el trasfondo social que tan bien retrata la corrupción y la hipocresía de ese mundo dominado por el dinero que no solo se limita al Medievo o el Renacimiento, sino a todas las épocas ulteriores.

lunes, 7 de abril de 2025

Juegos de artificio


Por lo que tengo entendido, los críos de hoy día no se entretienen con cualquier cosa. Ya no les sirven las piedras, el barro o los palos. Ni siquiera les vale con la montonera de juguetes que con tanto esmero les regalan por su cumpleaños o por Navidad. Nada es suficiente para ellos. ¿O quizá para sus padres…? ¡Equilicuá! ¡He aquí el quid de la cuestión!


Yo no sé ustedes, pero yo solo veo montones de padres que buscan acicates con los que rizar el rizo en el universo lúdico de sus hijos. Hípica, kite-surf, robótica, paddle, waterpolo, gafas de realidad virtual y hasta campus de inteligencia artificial. Unas aficiones de altos vuelos con las que buscan entretener a sus hijos. ¿Y esto? ¿A qué se debe?
En primer lugar tenemos la culpa. Los padres se pasan el día en sus respectivos trabajos y desatienden incesantemente a sus hijos, algo que sucede también cuando están con ellos porque: “¡Yo también necesito tiempo para mí!” “¡Es muy duro todo esto!” “¡Como no desconecte me voy a pegar un tiro!”
En segundo término tenemos los complejos paternos proyectados sobre la realidad filial. Y es que, amigos, hay mucho traumatizado en esto de la crianza. Gente que en su tierna infancia no ha tenido un duro y soñaba con los fuegos (¡Ups, quería decir "juegos"!) artificiales de Beverly Hills 90210 y las sitcoms de clase media americana, se dedica a relanzar sus frustraciones de forma exponencial.


Me acuerdo cuando mi madre nos llevaba al médico y, mientras esperábamos (¡Las colas de los ochenta sí que eran colas!), nos entreteníamos con montones de juegos, sobre todo verbales. Enlazábamos palabras por la última sílaba, nos inventábamos otras tantas, repetíamos refranes, trabalenguas y coplillas y modificábamos los que ya conocíamos. Todo ello aderezado con pequeñas riñas que se olvidaban fácilmente.
Hoy en día, cuando algún nene se aburre, el padre o madre de turno le endiña en móvil y la criatura se pasa las horas embobado con las gilipolleces que pasan ante sus ojos, su encefalograma se vuelve plano y sus padres lo aparcan como un objeto inanimado que no necesita atención. ¡Espabilen, coño! Que lo que necesitan los críos es tiempo de calidad.


Para que vayan inspirándose, hoy les traigo ¡Ahora tú! un libro de William Cole y Tomi Ungerer que ha publicado la editorial catalana Entredos para disfrute de los monstruos menos dormilones. Con el subtítulo de Un libro para ir a dormir, los autores nos invitan a conocer las peripecias nocturnas de Frances y su padre, un hombre con mucha inventiva que sabe esquivar las intenciones de una hija nada somnolienta. Así, el hombre le propone un pequeño juego de expresiones faciales. ¿Sabrá poner cara de enfado? ¿Y de sorpresa? ¿De distraída? ¿Y tú, sabrías?


Este librito, además de darnos las buenas noches con una historia bien simpática, se interna en las relaciones paterno-filiales desde una perspectiva lúdica que Ungerer se encarga de aderezar con detalles animales. Un búho, una cabra y otros cuantos personajes más acompañan las muecas de la protagonista para hacer las delicias de los utilitaristas de la LIJ. Para los que quieren seguir jugando les propongo una variante: tápense la mitad inferior de la cara con este libro abierto y esperen que el otro adivine que cara están poniendo.

viernes, 4 de abril de 2025

Guarros pero naturales


Desde que una catedrática nos explicó que si los extraterrestres nos visitaban, les pareceríamos organismos cubiertos de mocos, empecé a entender el mundo de la escatología desde otro prisma.


No es por nada, pero la cera de los oídos, la grasa del pelo, el sudor, las lágrimas o el esmegma son secreciones que los seres vivos producimos para combatir la sequedad ambiental. Como nuestro origen es acuático y abandonamos ese medio para conquistar los nichos ecológicos terrestres, tuvimos que protegernos del medio aéreo gracias a moléculas que, como los polisacáridos, retuvieran agua en su seno.



No obstante, nunca viene mal algo de higiene y decoro, que si nos dejamos llevar por nuestra naturaleza, podemos terminar como los protagonistas del poemario de hoy: eructando, llenos de caspa y con uñas kilométricas. Todo un catálogo de chiquillos muy cochinos que merece la pena conocer y disfrutar a carcajada limpia.

En el pañal de Juanito,
he encontrado un meteorito
y un rabo de lagartija
enganchado a una sortija.

Varias teclas de piano,
dos lombrices y un gusano.
Trozos de tiza y de tela,
de crayones, de una vela.

El cordón de algún zapato,
bigotes del pobre gato,
las pelusas del salón
y la llave del buzón.

Plumas, canicas, tornillos,
saltamontes y hasta grillos.
No es, por tanto, de extrañar
que nunca quieran cenar,

pues cuanto se encuentra y toca
va y se lo mete en la boca,
y por más que se lo diga,
todo acaba en su barriga.

¡Menudo cajón de sastre
el pañal de este pillastre!
¿Qué hemos de hacer con Juanito,
el glotón de mi hermanito?

Nacho Rubio.
En el pañal de Juanito.
En: Los niños guarros.
Ilustraciones de Marc Taeger.
2025. Poio (Pontevedra): Pepa A Loba.


miércoles, 2 de abril de 2025

Magia natural


La naturaleza está llena de magia. De la nada empiezan a brotar las hojas, revientan las flores y se empiezan a escuchar zumbidos y trinos. La vida, agazapada durante meses, se despierta de golpe. Como si un hechicero hubiera levantado su varita y lanzando un poderoso sortilegio, hubiera encantado hasta la última brizna de hierba.
No me extraña que nuestros antepasados creyeran en Venus, Perséfone, Maya, Ostara o Idun, diosas que se encargaban de alejar el frío y la nieve y llenar el mundo de bichos y plantas. Así, los seres humanos celebraban la fertilidad y toda esa abundancia que nos regala esta época del año.
Hoy sabemos qué son los ritmos circadianos, el fitocromo, el aumento de la temperatura o las hormonas, tanto animales, como vegetales, las que regulan las respuestas de los seres vivos ante los días más largos y calurosos. Una suerte de verbena físico-química que culturas y religiones han adornado a su antojo para amenizarnos los paseos boscosos.


Y hablando de milagros naturales, aquí tenemos La historia de Mo, una colección de álbumes maravillosos con los que su autora, la surcoreana Yeonju Choi ha conquistado las librerías españolas gracias a Libros del Zorro Rojo y el reconocimiento que obtuvo en la categoría de Mejor Ópera Prima en la feria de Bolonia del 2024. 


El primer volumen me lo presentó 
Mercedes, de Letras Corsarias y como yo hago caso a los salmantinos que saben de libros, me dispuse a leerlo. Con el subtítulo de Una aventura en el bosque, este libro nos presenta a Mo, un gato curioso (¡Voy a hacer una excepción! ¡Que conste en acta!) que se siente inquieto en mitad de la noche. Una luz misteriosa lo invita a salir de la cama e ir en su busca. Es así como el protagonista, se adentrará en el bosque y se irá topando con diferentes personajes. Un búho muy sabio, una familia de ratones, una ardilla, una pareja de carboneros o unos renos trabajadores. También hay un oso temible y con mal aliento que ronda por ahí. ¿Encontrará esa luz que lo llama desde la lejanía?


El segundo volumen (2026) lleva por título Un día de verano y nos cuenta cómo Mo lleva a cabo una nueva misión: llevarle a su abuelo los tornillos que necesita para reparar los ventiladores que se va encontrando en la basura y gracias a los que el resto de animales de la isla pueden enfrentar los rigores veraniegos. 
Gracias a un mapa casero que le entrega su madre, la ayuda de su amigo el oso y esa combinación de suerte y valentía que siempre está presente en las grandes epopeyas, el felino se lanza al océano. Un calor de mil demonios, Mono, lector voraz y un tanto despistado, la Abuela Tortuga y el resto de la fauna selvática, amenizarán esta nueva y emocionante aventura en la que caben todo tipo de momentos.


Hablemos de cuestiones técnicas. Primero, el formato y la técnica empleada. De pequeño tamaño (12,5 x 16,5 cm), 176/168 páginas (bastantes para lo que se estila) y edición elegante (aspecto entelado y detalles estampados). Resultado: los libritos llaman la atención. Aunque las ilustraciones son de corte clásico, complementan a la perfección a esa narrativa tan parca como elegante que caracteriza a estas historias. Realizadas en tinta (¿plumilla, tal vez)) y coloreadas con sutiles aguadas, nos transportan a otro tiempo. Resultado todavía mejor: los libritos atrapan.


Ni que decir tiene que me encanta su universalidad. Tanto niños, como adultos se pueden ver reflejados en unas historias que nos hablan de la curiosidad, el valor de la amistad, cómo solucionar imprevistos o la importancia de enfrentarse a los miedos. Con un trasfondo muy oriental, estas lecturas cultivan la empatía, la cortesía y, sobre todo, la belleza de vivir el momento presente. Sin olvidar (of course), su propuesta reflexiva sobre el valor de la aventura y el crecimiento personal en un entorno natural y un tanto freak.


Para terminar, apuntarles que hay detalles que no pueden pasar desapercibidos… Mercedes me señaló las setas alucinógenas. Yo luego me encontré con los libros que caen desde los árboles (en las dos historias están muy presentes), dietas extrañas (¿Desde cuándo los gatos comen cacahuetes y bellotas?), carteles con instrucciones, mapas que no sirven para nada. Lo mejor de todo es un protagonista que, a pesar de lo comedidos que son todos sus amigos, se deja guiar por el instinto y hace lo que le da la real gana, toda una suerte de desafío en esta LIJ que nos abruma con paternalismos e historias descafeinadas.
Sí, podemos decir que las historias de Mo tienen mucha magia.


martes, 1 de abril de 2025

Amigos de la infancia


Todos sabemos que la amistad va y viene. Trabajo, pareja o circunstancias personales van construyendo relaciones que a veces terminan en una bonita amistad. Sin embargo, sigo constatando que la mayor parte de la gente mantiene un grupo de amigos relacionado con su infancia o adolescencia.
Fulanito y yo íbamos juntos a la escuela y jugábamos en el mismo equipo de perdedores. A Menganita la conocí en la guardería y en el instituto terminamos siendo las mejores del club de voleibol. Era un payaso, siempre me robaba los ligues, y al final, mira tú por donde, acabamos haciéndonos amigos en un campamento de verano.


¿Qué tendrán los amigos de la niñez que a mucha gente le cuesta desligarse de ellos? Lo primero que hay son recuerdos. Hemos compartido multitud de momentos positivos (generalmente son lo que abundan en la infancia) que construyen vínculos muy fuertes emocionalmente hablando. Los primeros amores, las primeras borracheras, el sentimiento de independencia paterno… Son experiencias que nos marcan, nuestro subconsciente recurre a ellas con frecuencia, ellos están ahí y generan apego.
Del mismo modo, todo ese tiempo compartido sirve de acicate para confiar en ellos. Un amigo de verdad nunca te traiciona, y si lo hace, duele el doble. ¿Se traducirá en dependencia emocional? ¿Por eso es tan difícil mandar a la mierda al capullo que te ganaba siempre a las canicas? Sí, algo mágico rodea a los amigos de la niñez, ¿pero el qué?


Quizá encontremos la respuesta en el título de hoy, pues toca sumergirse en uno de esos libros que huele a buenos amigos. Y es que Kalandraka ha publicado esta primavera una de esas obras de Leo Lionni que, a pesar de ser bastante desconocida, quita el sentido. Un año entero es la historia de Guille y Greta, dos ratoncillos (el animal favorito de Lionni para protagonizar sus creaciones) que entablan amistad con un arbolillo llamado Fito.
Todo empieza en enero, cuando Fito no tiene una sola hoja y se encuentra cubierto por la nieve. Estos deciden hacer un ratón de nieve y las conversaciones comienzan a fluir. Así pasa el invierno, llega la primavera con sus flores, un verano a reventar de fruta e incluso las vacaciones. En definitiva, 365 días del año en buena compañía.


Es curioso como el padre de Pequeño azul y pequeño amarillo establece una relación entre organismos tan diferentes. Un árbol enorme e inanimado se deja querer por un par de diminutos roedores que no paran quietos ni un segundo. Paradójico pero fiel a la realidad (¿Acaso los mejores amigos se parecen en algo?). 
Detalles que recuerdan a mi querido Frederick, imágenes que describen una historia circular y un texto que tiende a desligarse de la repetición y deja en el lector una querencia a nuevas aventuras, a esa continuidad que nos regala el comienzo de un nuevo ciclo, constituyen buenas bazas en este álbum.
A pesar de estos recursos narrativos y el lado más pedagógico de un libro que, auguro, va a encaminar a familias y docentes hacia los meses del año y las estaciones, yo sigo con mi cantinela con tal de alejar el didactismo omnipresente en la LIJ. Y para ello, una comparación bastante extrema, pero muy inspiradora…


No sé si alguno de ustedes ha visto alguna vez El cazador, una película de 1978 de Michael Cimino protagonizada por Robert De Niro, Christopher Walken, John Cazale y Mery Streep sobre el antes y el después de la guerra de Vietnam. Si lo han hecho, seguramente hayan pensado que se trataba de una historia con tintes antibelicistas, un drama en toda regla. Sin embargo, un servidor siempre ha creído que es un alegato maravilloso sobre la amistad, sobre cómo los hombres y sus miserias pueden devastar algunos de los momentos más hermosos que han tenido.
Ahí es donde entran en el discurso Guille, Greta y Fito. Ellos también comparten el brillo de la hierba, el aroma de las flores y el sabor del verano, el ocio y el trabajo. Se brindan ayuda, se comprenden y se ríen unos de otros. Su pasión por la vida impregna todas las páginas de un libro con formato vertical que Lionni no eligió por casualidad. Alargado. Como los altos árboles, como los niños que crecen, como la sombra de esa amistad que se alarga conforme se acerca el crepúsculo…

lunes, 31 de marzo de 2025

Marzo ¿ventoso?


Decimos adiós a un marzo atípico en lo que a la meteorología se refiere. Y digo atípico porque algunos nos hemos acostumbrado a usar el paraguas. Hay zonas de España en las que han visto el sol apenas unos días durante el último mes, una realidad poco corriente en uno de los países europeos con más horas de sol.
Cositas de nuestras latitudes, que cada seis u ocho años nos regalan estos fenómenos atmosféricos que nos ponen del revés, pero llenan los pantanos, una necesidad apremiante no solo para el campo, sino para el consumo humano, algo que tras muchos años de sequía preocupaba en algunas zonas de esta España nuestra.
Lo más anecdótico es que la lluvia ha desbancado al viento como protagonista indiscutible de este mes tan ventoso, provocando que los refranes y dichos populares pierdan la razón, toda una faena para todos aquellos que siguen a pies juntillas la sabiduría de andar por casa.
Habrá que empezar a cambiar palabras para que todo case con el cambio climático. Invertiremos el orden de los meses y pasaremos a nuevas versiones. ¿Marzo lluvioso y abril ventoso, hacen a mayo florido y hermoso? ¿Las secas de mayo son lluvias en marzo? Ríanse, pero yo empiezo a preocuparme, no solo por las cosechas (Marzo de lluvias cargado, hace el año desgraciado), sino también por lo lingüístico… ¡Que ya saben como se las gastan algunos!


Como no hay que fiarse, cójanse bien la coleta y prepárense para salir volando en los meses venideros a base de rachas y bufidos. Con cambiarle el mes al libro de hoy, solucionamos el entuerto. Y es que El viento de marzo, un libro de Inez Rice y Vladimir Bobri (Bobritsky, en la versión oficial) publicado por la editorial Alba hace unos años, se merecía una reseña tarde o temprano.
Este álbum publicado por primera vez en 1957, recoge la historia de un chavalín que, un día de marzo en el que sopla un viento endemoniado, encuentra un sombrero negro tirado en la calle. Ni corto ni perezoso, se lo pone y, como por arte de magia, empieza a transformarse en un sinfín de personajes. Un soldado que desfila pisando charcos, un vaquero sobre su caballo o el ladrón que se esconde en la oscuridad para hacerse con un preciado botín. ¿Será real o es que tiene una imaginación portentosa? Quizá se lo aclare el dueño del sombrero...


Como en muchas otras historias infantiles (échenle un ojo a esta selección), un sombrero constituye el interruptor que enciende la acción. Esa prenda que corona cualquier disfraz, nos evoca y nos incita a lo creativo, el mimetismo y lo deseado. Podemos ser quienes queramos en cualquier momento. Solo basta con soñar.
También es muy interesante cómo los autores utilizan los fenómenos meteorológicos para construir un pequeño cuento de hadas que, como los de Andersen o Wilde, pero sin tanta intensidad, se enredan en nuestro subconsciente juguetón gracias a personajes fantásticos que pasan al ideario personal o colectivo.


La imagen de la portada lo dice todo. El protagonista mira al espectador mientras se coloca un sombrero encontrado en mitad de la calle y da buena cuenta de que lo único importante es divertirse, hacer lo que nos dé la real gana. ¿Qué adulto usaría un objeto ajeno, sucio y empapado por el agua de los charcos? Claramente, es un título que nos habla de la disidencia infantil.


Lo dicho. Una buena oportunidad para disfrutar plenamente de un álbum que sigue vigente setenta años después gracias a las ilustraciones de Bobri que a pesar de lo vintage, siguen blandiendo el espíritu infantil con escenas llenas de acción y detalles secundarios que incitan al humor y la magia de lo cotidiano.

domingo, 30 de marzo de 2025

Costumbrismo lorquiano


El costumbrismo fue un movimiento artístico que, a finales del siglo XIX, se propuso reflejar las costumbres y actividades cotidianas de una región o país. Juegos tradicionales, música y bailes, fiestas locales y ceremonias, trajes populares, leyendas o labores de todo tipo llenaron producciones artísticas desde la pintura o la literatura.
Esta corriente surgió como una derivación de los ideales estéticos nacionalistas y la nostalgia por las tradiciones que impulsó el Romanticismo, en respuesta al avance de la Revolución Industrial, que amenazaba con suplantar todo ese legado de un pasado rural no tan lejano.
A diferencia del realismo y el naturalismo, el costumbrismo no quería representar lo real con pretensiones de objetividad, sino recuperar el legado cultural de una manera pintoresca, colorida y apasionada. Los costumbristas procuraron así construir una identidad local y generar sentido de pertenencia en medio de la transición histórica del mundo rural al mundo urbano.


Si bien es cierto que podía extenderse hacia zonas más o menos próximas, el costumbrismo es una expresión artística del mundo hispano, es decir, una España en transición y gran parte de las recientes repúblicas de Sudamérica que necesitaban definir su identidad. Iberoamérica se debatía entre una vida rural y colonialista y un mundo industrial con nuevas realidades políticas, siendo el costumbrismo su reflejo.
Entre las características que se observan en la mayoría de las obras literarias que se adscriben a este movimiento, encontramos la yuxtaposición entre unas vidas campesinas nobles, ideales y humanas y el modus operandi de personas urbanitas banales y frívolas. Es decir, habla del choque cultural, pero también de un encuentro entre la nostalgia y la modernidad, en la que la ciudad sale un tanto malparada gracias a políticos, sacerdotes y empresarios, siempre desde un punto satírico y con mucho contraste lingüístico (localismos vs. cultismos).


Si bien es cierto que todo esto ocurría hace más de un siglo, la literatura realista de nuestro entorno actual todavía tiene mucho de costumbrista. No sé muy bien el porqué. Quizá sea producto de una dilatada dictadura, de la llamada guerra cultural o de ese empeño que la Agenda 20-30 tiene en relanzar la “slow life” y lo sostenible. Ahí les dejo que lo piensen mientras me lanzo de cabeza a la edición ilustrada que la editorial gallega Triqueta ha publicado de Tarde dominguera en un pueblo grande, un relato de Federico García Lorca incluido en su obra Impresiones y paisajes, su único libro en prosa y que vio la luz antes de que cumpliera los veinte años gracias a la autoedición y el apoyo familiar.


Prologado por Montse Penas, este proyecto original de Idoia Iribertegui, recoge lo que acontece en un pueblo cualquiera de una España pasada. Si ahora los pueblos parecen deshabitados las tardes de domingo, en aquella época la plaza bullía de gente, se organizaban bailes y se disfrutaba del tiempo en compañía. Niños que juegan, adultos que coquetean, jóvenes juerguistas, curas que pasean y viejas beatas.


Las ilustraciones de la navarra se ambientan en un pueblo andaluz durante los años 20 que se llena de colorido gracias a las luces de la tarde y la cercanía del crepúsculo. Azulejos, fuentes, geranios, alcuzas y abanicos. Las mujeres recuerdan a las de Julio Romero de Torres, en la lejanía se escuchan las voces de la Niña de los Peines y Carmen Flores, también pasodobles y alguna que otra zambra. Hay mucha música en este relato del por entonces pianista, García Lorca.


Iribertegui juega en este álbum con lo cinematográfico, los personajes y los detalles disruptivos. Primerísimos planos, planos generales y primeros planos, contrapicados y puntos de fuga. Todo hace pensar que esta historia es un pequeño cortometraje. Conforme pasamos las páginas nos vamos encontrando con personajes que entrelazan historias paralelas que se continúan, lo que confiere a este libro cierto carácter de novela coral. Los músicos, las muchachas, las niñas con su piara. Por último: ¿Ven a ese perro? ¿A los amantes en la noche?  ¿Una txapela en Andalucía? ¿Se habrá perdido o es un guiño a otros pueblos más norteños?
No se olviden de darle la vuelta a la tarde de este domingo, es una suerte de día.

viernes, 28 de marzo de 2025

¡Oh, la luna!


Yo soy como los ajos, que si los siembras en creciente, se salen de la tierra. Y dirán que son chorradas, pero la luna nos altera. A unos más que otros, también es verdad, pero teniendo en cuenta que nuestro planeta y su satélite funcionan como un sistema, no es de extrañar que sea capaz de influir en los seres vivos.
Por si no lo sabían, la luna afecta a los patrones de actividad, reproducción y migración de muchos animales, también se relaciona con el sueño y con el movimiento de la savia de las plantas. Por si esto fuera poco tiene un papel más que importante en el origen de las mareas y como estabilizador del clima.


Con todo esto, no es de extrañar que el gran Ramón Gómez de la Serna, le dedicara unas cuantas greguerías a este cuerpo celeste que nos acompaña desde hace millones de años. Breves, concisas e ingeniosas, son la mejor fórmula para describir las naturalezas más sugerentes y misteriosas. Unas cuantas palabras llenas de giros en las que conviven pensamiento, poesía y humor. Disfruten de su agudeza y clarividencia con este breve compendio que, ilustrado con mucha elegancia por Marc Taeger y bellamente editado por Kalandraka (me encantan los detalles de las fases lunares, así como los epílogos), rinde tributo al astro que rige la noche.

El reflejo de la luna en el lago
es como el teclado de luz de un gran piano de agua

***

En el fondo de los pozos suenan los discos de la luna

***

Claro de luna:
Ya está ahí la luna tocando la mandolina

Ramón Gómez de la Serna.
En: 12 greguerías de luna.
Selección de Manuela Rodríguez y Antonio Rubio.
Ilustraciones de Marc Taeger.
2025. Pontevedra: Kalandraka.