lunes, 28 de febrero de 2022

La guerra en los libros infantiles


Durante estos días todo hierve con montones de proclamas, poemas y frases célebres contra la guerra. La verdad es que hacer alarde de pacifismo en este mundo de postureo queda muy bonito y vende la mar de bien, pero el caso es que ponerse serio y hablar de la guerra desde una perspectiva humanista es bastante complicado, sobre todo cuando la sociología y la filosofía se meten en el ajo.


Michael Foreman. War Boy. Templar.


En base a estas dos disciplinas, la guerra suele definirse como la ruptura del estatus social por medio de la fuerza, es decir, seres humanos que difieren con otros seres humanos, se pasan las normas de convivencia por el forro, y lían la de San Quintín. Esto quiere decir que la guerra siempre se relaciona con el poder y su administración -¡Política, siempre política-  y por tanto  sería una de las características principales de nuestra civilización.
(N.B.1: En ESTE ENLACE pueden disfrutar de una selección de libros infantiles sobre política que tienen relación directa con muchos temas que se recogen en este monográfico)


Eugenio Carmi y Umberto Eco. La bomba y el general. Destino. 


¿Es un fenómeno exclusivamente humano? Aunque existen especies de animales que atacan con violencia a miembros de su propia especie, sobre todo en los mamíferos (véanse suricatos, caballos o ardillas), la guerra es una cuestión social, es decir, el ser humano mata a otros seres humanos colectivamente, algo en lo que entran en juego el razonamiento o las emociones, características exclusivas de la especie humana. Sí, queridos monstruos, la guerra es un fenómeno profundamente humano íntimamente relacionado con lo que somos y el desarrollo que, como especie, hemos logrado alcanzar. 


Janet Charters y Michael Foreman. The General. Templar.


"Román, si esto es así, ¿no existe la paz?" Desde un punto de vista sociológico, la paz no es otra cosa que el orden establecido por la victoria en una guerra. Esa paz eterna con la que muchos sueñan es una idea desvirtuada porque para que haya paz, debe haber guerra, y viceversa. Además, cada uno quiere la paz a su manera, sobre todo en la que prevalezcan sus necesidades e intereses como ser humano. Sordos, zurdos, mujeres, andaluces, catalanes, rusos, croatas, castristas o musulmanes quieren una paz ad hoc, ya que la paz nunca puede ser igualitaria.

A pesar de este baño de realidad, nunca está de más, que la Literatura Infantil, un arte al servicio del entretenimiento y la razón, aborde esta temática desde un punto de vista creativo y poético. Las palabras nunca están de más, pues embellecen y ayudan a enfrentarse al mundo, ese que genera todo tipo de opiniones y controversias, y de paso pueden intentar cambiarlo. Es por ello que aquí les traigo unos cuantos títulos sobre este tema que sobrevuela nuestras cabezas durante estos días y señalo con tres estrellas (***) mis favoritos.
Los tres álbumes que siguen a continuación se adentran en definiciones sobre la guerra desde un prisma lírico en las que abundan las referencias visuales, los recursos de estilo y cuidadas ilustraciones. Potentes y personales, son los mejores que se me ocurren en esta categoría de idea ilustrada.




José Luis Berenguer e Irene Fra. De punta a punta. Los cuatro azules.



Ximo Abadía. Lo que no le gusta a la guerra. Zahorí Books

En esta temática literaria destacan multitud de obras en las que, de una forma u otra, se abren puertas y reflexiones en torno a un tema que, desde muchos púlpitos progresistas y buenistas de la LIJ se execra (¿Por qué no van a querer los niños la guerra? ¡Si se pasan el día riñendo...!), algo con lo que no termino de comulgar al cien por cien, ya que un servidor intenta fluir y no encorsetarse demasiado (que luego vienen los dramas y los ansiolíticos). 
No sé hasta qué punto puede ser contraproducente el intentar negar o reprimir un hecho inherente al ser humano. ¿Qué es la violencia? ¿Explícita o implícita? ¿Quién decide qué es violento y qué no? ¿Lo que es bueno o malo? Quizá la mejor pedagogía sea exponer y no dirigir el discurso...


Eric Battut. Los niños no quieren la guerra. Juventud.



Pere Marí y Bertran y Núria Tomàs Nayolas. Tengo un tanque de juguete. Akiara Books.


No obstante, he de admitir que soy muy partidario de aquellas obras infantiles que desde un prisma más neutral incluyen en su menú cierto aire descriptivo que, con final feliz (o no), nos hablan de las causas y consecuencias de la guerra, nos abren interrogantes sobre la (in)conveniencia de los conflictos armados y plantean ese círculo vicioso que se repite una y otra vez.  
Se me ocurren títulos de excelente factura que haciendo uso de diferentes recursos verbales y/o visuales, describen diferentes escenarios donde el conflicto humano (aunque sea personificado en animales u otros personajes) es una constante. Empezando por aquellos que simplemente plantean conflictos de intereses y riñas menores, y terminando por los que hablan de guerras en condiciones.
Del mismo modo les animo a echarle un vistazo a esta selección de álbumes sobre muros, ya que en muchos de ellos pueden encontrar situaciones que provoquen la guerra o sean consecuencia de esta. Una selección muy necesaria donde esa metáfora de las barreras ayuda a comprender las diferencias entre los seres humanos. ¡No se la pierdan!



David McKee. Los conquistadores. Kókinos.



David McKee. Negros y blancos. Anaya. (***)








Ángel Domigo y Mercé López. La casa de los erizos. A buen paso.





Kitty O'Meara y Quim Torres. La extraña y pequeña flor. Edelvives. (***)



Roberto Aliaga y Miguel Cerro. Enfadados. La Fragatina.



Ernesto Rodríguez Abad y Víctor Jaubert. El rey que bordaba estrellas. Diego Pun.


La guerra es consecuencia pero también escenario para multitud de historias que suceden en ella, las de los niños de toda condición que tienen que convivir con la realidad que los conflictos armados traen a su espacio vital. 
Niños que tienen que redactar, otros que descubren realidades atroces, hermanos que desarrollan su imaginación para sobrevivir, enemigos que se parecen más de lo que creen, familias que se debaten entre el amor y los dilemas morales, historias de amor (im)posibles, o deportistas con sueños rotos son algunas de ellas. En muchos casos son historias reales que pueden conocer en este post dedicado a este tipo de álbumes basados en hechos reales.


Roberto Innocenti. Rosa Blanca. Lóguez. (***)



Davide Cali y Serge Bloch. El enemigo. TakaTuka. (***)




Elzbieta. Flon-Flon y Musina. SM. (***)





Antonio Skármeta y Alfonso Ruano. La composición. Ekaré/SM (***)



Carmen Segovia. Mitsu y Lala. Anaya. (***)



Karin GruB y Tobias Krejtschi. La zapatilla roja. Lóguez.






Kathy Kacer y Gillian Newland. El mago de Auschwitz. Picarona.



Lorenza Farini y Sonia M. L. Possentini. El vuelo de Sara. Picarona.



Mónica Montañés y Eva Sánchez Gómez. Los distintos. Ekaré.



Ana A. de Eulate y Sonja Wimmer. El cielo de Afganistán. Cuento de luz.


Es curioso como las perspectivas más complejas (véase la guerra preventiva o las revueltas populares) son minoritarias en las obras infantiles, una realidad que choca de lleno con la orientación argumental de una literatura juvenil y/o adulta que aboga por un discurso donde caben facetas sociales, geográficas, históricas, económicas y sentimentales muy variadas. Títulos como el 300 de Frank Miller y Lynn Barley, La guerra de los mundos de H. G. Wells o La guerra de los botones de Louis Pergaud, ahondan en puntos de vista complejos en los que la guerra ejemplifica un servicio político y social a pesar de sufrir bastantes tachaduras. 


H. G. Wells. La guerra de los mundos. Anaya.



Frank Miller y Lynn Barley. 300. Norma Editorial (***)



Louis Pergaud. La guerra de los botones. Anaya (***)

En esa línea y en formato de libro-álbum, solo se me viene a la cabeza De cómo Fabián acabó con la guerra, un libro de Anaïs Vaugelade donde el discurso no se decanta solo por esa idea buenista de la paz, sino que se retuerce sobre sí mismo y habla de un engaño inteligente y un golpe de violencia que, a pesar de ser no deseada, ponen fin a un conflicto de mayor envergadura. La culpa, la manipulación, los intereses creados, el honor... una amalgama de perspectivas que se alejan del típico discurso pacifista que solicita el consumidor de Literatura Infantil y que quizá haya sido la causante de que este libro (por desgracia) no sea muy conocido.



Anaïs Vaugelade. De cómo Fabián acabó con la guerra. Corimbo. (***)


Una de la parcelas bélicas más tratadas en la Literatura Infantil es la de los refugiados. Niños que se ven sorprendidos por la guerra y se ven obligados a huir y dejar atrás su hogar, sus amigos y su colegio. Aunque también se podrían encuadrar en este apartado todos aquellos libros sobre migración que incluí en ESTA SELECCIÓN, cabe recordar que la guerra y no otro, es el motor de estas historias que recojo a continuación.  


Elise Gravel. ¿Qué es un refugiado? Anaya.



Nicola Davies y Rebecca Cobb. El día en que llegó la guerra. Alba.



Claude K. Dubois. Akim corre. Lóguez. (***)



Fatima Sharafeddine y Claude K. Dubois. Mi país está en guerra. SM.



Annika Thor y Maria Jönsson. La niña de muy lejos. Gato Sueco.





José Camparini y Evelyn Daviddi. Trenfugiados. La Fragatina.



Fran Nuño y Zuzanna Celej. El mapa de los buenos momentos. Cuento de luz.



Rita Sineiro y Laia Domènech. Colas de sueños. Akiara.



Francesca Sanna. El viaje. Impedimenta. (***)





Ruth Vander Zee y Roberto Innocenti. La historia de Erika. Kalandraka. (***)



Angèle Delaunois y Christine Delezenne. La llave. Lóguez.





Fran Parreño y Gonçal López Pampló. ¿A dónde va esta gente? Algar.



Bertold Brecht y Carme Solé Vendrell. La cruzada de los niños. El jinete azul.



María José Ferrada y Ana Penyas. Mexique. El nombre del barco. Libros del Zorro Rojo.



Liz Lofthouse. Ziba vino en un barco. Ilustraciones de Robert Ingpen. Lóguez.



Marek Vadas y Daniela Olejníková. ¡Huye! Barbara Fiore.



Morten Dürr y Lars Horneman. Zenobia. Barbara Fiore. (***)

También traigo Mientras tanto en la Tierra... la tercera parte de la trilogía de Oliver Jeffers (editorial Andana) dedicada a nuestra relación con la Tierra desde diferentes puntos de vista (Estamos aquí y Lo que construiremos). Concretamente en este, astronomía y disputas humanas se dan la mano para hacer un recorrido histórico por algunas de las guerras más sonadas de la humanidad. 
Dos hermanos a la gresca, un padre harto de tanta pelea, cálculos matemáticos y viajes galácticos hacen de este libro una apuesta muy original sobre nuestra naturaleza bélica, gracias a la convivencia entre elementos del álbum informativo (gráficas, infografías y comparativas) con otros más ficcionales (coches voladores y máquinas del tiempo).



Otro álbum que no deja indiferente es El prisionero sin fronteras, un libro de Jacques Goldstyn publicado por Picarona que nos habla de las consecuencias de la guerra desde el punto de vista de las víctimas que son encarceladas por diferentes motivos. 


De entre  todos los libros que nos hablan de la guerra cabe destacar aquellos que parten de una experiencia propia, que en el caso de la Literatura Infantil suelen ser la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Es así como Tomi Ungerer, Michael Foreman, Uri Orlev, Judith Kerr, Leo Meter, Anna Frank y muchos otros nos sumergen en un amplio abanico de testimonios y vivencias parecidas bajo el común denominador de la guerra. 
Seguramente haya montones de obras de este corte (siempre hay autores exiliados) que si bien no venden drama en sus páginas, también nos pueden hacer entender qué sucede en la guerra.




Michael Foreman. El jardín feliz. Intermón Oxfam.




Anne Frank. Diario. DeBolsillo.


Otros títulos, aunque no han sido escritos por personas que sufrieron los avatares de las grandes guerras, están muy bien logrados y siempre merecen un hueco en esta estantería sobre causas y consecuencias bélicas. No debemos olvidar que cualquier libro en el que aparezcan pequeños conflictos tiende puentes hacia otros de mayor calado.


Jan Terlouw. Invierno en tiempo de guerra. HarperKids. (***)





No se nos pueden olvidar todas las guerras civiles que han minado diferentes países de nuestro planeta durante el último siglo (un poquito más, si me apuran). En el caso de la guerra civil española hay tantos títulos (ya expliqué el porqué en este post sobre tendencias políticas en la LIJ) que me limitaré a apuntar un par de mis favoritos, pues no todos tratan el tema con el gusto y la neutralidad deseados (NB: Véase esto como claro ejemplo de que las guerras siempre permanecen latentes aunque la violencia termine. Es lo que se llama la guerra ideológica, una a la que también contribuyen los libros infantiles). Si algún día tengo tiempo y ganas haré una pequeña selección.

Por otro lado es bastante paradójico que mientras el universo del libro-álbum se llena de compromiso idealista y denuncia social, el discurso de la Literatura Juvenil fluye en otras muchas direcciones y podemos encontrar ejemplos de cualquier tipo. Sagas paraliterarias llenas de belicismo, novelas ambientadas en trincheras y campos de concentración, o protagonistas que actúan como víctimas y verdugos. Todos diversifican la mirada hacia la guerra desde un sugerente punto de vista para el adolescente en ciernes que se nutre de intensidades varias. 
Violencias aparte (ya saben que los libros para jóvenes rebosan de esta por los cuatro costados) y por citar alguno, me quedo con unas novelas gráficas. Una obra maestra y otras de corte más actual.


Art Spiegelman. Maus. Reservoir Books. (***)






Benoit Ers y Vincent Dugomier. Los niños de la resistencia (7 vols.). Base.


Eisinger, Scott y Becker. Basado en una obra de George Takei. Éramos el enemigo. Planeta Cómic.


Quizá Maria Montessori llevaba razón con aquello de "Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz", sobre todo porque seguimos llenando páginas contando las atrocidades de la guerra, como si sus efectos fueran a cambiar la naturaleza humana. Creo que no. Estaría mucho mejor dejarse a un lado la ignorancia e intentar conocer las causas de los conflictos armados, unos que, en la mayor parte de las ocasiones, se deben a las diferencias culturales o religiosas, la geopolítica, la pugna por los recursos naturales o el territorio. Esa es la verdadera educación: conocer en vez de adoctrinar.
Sin ir más lejos el otro día me encontré en un perfil de Instagram cierto alegato para que en los medios de comunicación españoles se le prestara la misma atención a la cuaresma que al ramadán, ya que tanta discriminación positiva, por un lado estaba provocando una pérdida de nuestro patrimonio cultural, y por otro ahondaba en las diferencias religiosas. 
Llevaba toda la razón del mundo, máxime cuando no atacaba a otros credos, sino que pedía respeto para todas y visibilidad para la suya, una que es mayoritaria en nuestro país, algo en lo que, a pesar de no ser cristiano, estoy de acuerdo porque conozco la relación entre España y el catolicismo. 
Probablemente quienes la desconozcan sean quienes animan al ninguneo de la cuaresma alentados por sus intereses y las guerras ideológicas que subyacen en la memoria de nuestro país desde hace décadas. Ellos y no otros serán los que prenderán la mecha en loor a esa "concordia" que muchos dicen esgrimir pero que solo es otro arma para hacer la guerra, una cuya línea es muy fácil de sobrepasar. Esperemos que ese no sea un triste principio más.
Para terminar, unos libros para la esperanza con mucha belleza y algo de humor, dos cosas necesarias antes, durante y después de cualquier guerra. He dicho.



Linda Bondestam. Vengavá. La historia de un robot valiente. Takatuka.







domingo, 27 de febrero de 2022

Apuntes sobre la guerra


Putin invade Ucrania y lo único que se le ocurre a la gente es colgar el cartelito de “No a la guerra” en sus respectivas redes sociales. La verdad es que me parece una postura muy pueril la del ciudadano occidental, ese tan buenista y ensimismado que, desde un prisma complaciente e ignorante no se plantea que esa no es la forma de ayudar a los afectados o que la geopolítica le afecta mucho más de lo que piensa por muy lejanos que vea los conflictos.


Sinceramente, no sé qué piensan muchos de la vida. Mientras por un lado se rinden a los ismos impuestos por una ideología inerte que solo busca dividirnos y sacarnos los billetes (si el orden social ha cambiado con la pandemia, espérense a lo que viene...), ahora exigen que Europa, que Occidente, salve a Ucrania de la amenaza rusa -bonita paradoja cuando ese mismo país lleva con una guerra civil encubierta unos cuantos años y nadie ha dicho ni pío- ¿Con qué vamos a luchar? ¿Con el ecologismo? ¿Con el #MeToo? ¿Con el Black Lives Matter? Putin es un sinvergüenza (como mínimo), pero ha dejado en evidencia que vivimos secuestrados y embobados por unos intereses creados y toda una serie de valores erróneos.


A ver si se enteran. Estados Unidos sigue afianzándose como potencia mundial después de 70 años con unas partidas de ajedrez en las que los países europeos son sus peones (como hagan con Ucrania lo que hicieron con los Balcanes, apaga y vámonos…), Rusia intenta sacar pecho a costa de China y las repúblicas ex-soviéticas, Alemania se rearma a lo bestia y la economía mundial entrará en un nuevo orden sin precedentes y sin excedentes. 
Si muchos se echaron las manos a la cabeza viendo como acabó la Segunda Guerra Mundial, veremos cómo acaba esta...
Y si no teníamos bastante, han llegado los medios de (des)información de unos y otros para hacer de las suyas a instancias de unos gobiernos que tienen muchos intereses, muchos culpables y muchos caudillos. 
Lo más paradójico es que hemos dejado a los antivacunas a un lado, pero le ha llegado el turno a rusófobos y anti-imperialistas, porque unos venden gas a precio de oro y otros nos obligan a que el pan de cada día sea imposible de comprar (¿de dónde se creían que venían los cereales?).
Mientras tanto, y como decimos por La Mancha, la adorada Unión Europea nos engalga repartiendo billetes a diestro y siniestro, impone sus cuotas agrícolas y ganaderas, habla de ángeles y demonios, y lava nuestros cerebros con solidaridad y energías renovables (otra falacia para dejarnos sin un chavo).


Lo dicho, en vez de seguir con el bicho, Sálvame, Ana Obregón y la pandereta (¡Mira que si nos diera por leer...!), haríamos bien en estar al tanto de lo que ha pasado en nuestro planeta durante los últimos 100 años y constatar que en esta merienda de negros siempre sacan tajada los mismos. 


Todo lo anterior no quiere decir que yo sea pro-ruso, que desee el regreso de la Guerra Fría (si es que alguna vez terminó) o que me alegre de las vidas que se están segando más allá de los Cárpatos. La realidad de cualquier conflicto armado es muy triste y para ilustrarles sobre ello les traigo La guerra, un libro de André Letria y José Jorge Letria que acaba de publicar en nuestro país la acertada editorial A fin de cuentos y que, cómo no, he incluido en este monográfico sobre la guerra en los libros infantiles.


Desde un texto poético en el que abunda la anáfora, los reconocidos autores portugueses construyen una definición de la guerra, de cualquiera. Un fenómeno que no se puede entender desde otra naturaleza que no sea la humana y en el que caben muchos aspectos por todos conocidos.
Así despliegan una amplia gama de ocres y grises que se suceden en unas ilustraciones donde el texto desaparece continuamente para alargar unos silencios que imprimen dramatismo a esta narración secuencial que gira en torno a múltiples ideas y reflejos de la guerra. Elipsis y metáforas se alternan en un vaivén inquietante donde los detalles son igualmente importantes.


Composiciones donde abunda esa geometría que tanto recuerda a las formaciones militares. Soldados, aviones o edificios, que se acercan y alejan gracias a un objetivo cinematográfico que nos regala planos generales y primeros planos sobre guerras reales o ficcionales (vean a H. G. Wells y sus marcianos).
Una delicia de libro que en más de sesenta páginas (un número atípico en el libro-álbum) abre el camino para plantearnos muchas preguntas sobre un tema que a cualquier persona, sobre todo a las que queremos vivir sin complicaciones y terminamos sufriéndolas, nos aterra.


jueves, 24 de febrero de 2022

Mascarillas y disfraces


Jueves Lardero y yo con estas pintas. Para un año que parece que el carnaval asoma la cabeza, me ha pillado en bragas. Que bien pensado, “mi-no-entender” a cuento de qué se ha dejado de celebrar esta fiesta tan callejera. Ni siquiera durante la Guerra Civil los gaditanos permitieron que se la robaran. Y mira que Franco era malvado. Pero claro, ahora con la salud pública y el miedo infundado, nos tienen cogidos por los huevos.
Yo, como siempre, animo a la desobediencia y la risa, que ambas son cosas muy sanas. No me irán a decir que se han metido varios cócteles de genes por el cuerpo y ahora se echan a temblar por una fiesta al aire libre, máxime con este tiempo que el cambio climático nos está regalando.


De todos modos, ¿qué más da? Si nuestro día a día ya es un carnaval. Mis alumnos no se quitan la mascarilla ni en el patio. “Que si me da vergüenza enseñar los granos” “Mi nuevo rimmel luce divinamente” “Me veo mucho más guapo” “Así puedo comer chicle cuando quiera” “Lo mejor de todo es decirle hijo-de-puta al profesor por lo bajo”... Occidente ha encontrado su burka y auguro que será difícil de erradicar. Welcome to Paradise: los nuevos totalitarismos sanitarios.


Lo que me tiene en ascuas es si las autoridades de toda índole (ahora, hasta las asociaciones de vecinos lo son) recomendarán el uso de mascarilla sobre caretas y disfraces. Sería el summum de la estulticia, pero viendo cómo se las están gastando desde hace dos años, creo que nos quedan muchas cosas por ver.
Espero que a todos estos les dediquen alguna chirigota, de esas que hacen murga y sangre, para que sean recordados como caudillos sanitarios, que si no, hasta Don Carnal se va a volver buenista y toda esperanza de cambiar el mundo quedará perdida entre la esclavitud y esta velada ignonimia.


Yo sigo con mi rollo, Abraham Remy Charlip y Una fiesta de disfraces, un libro que tiene embelesado. Publicado hace un par de años por Lata de Sal, esa editorial con una colección vintage que es canela fina, este librito apaisado llegó a nuestras librerías de manera muy desapercibida, y aquí me tienen, dándole aire y vida.
En esta historia de disfraces improvisados y sueños encandenados, el autor francés se divierte instándonos al juego de pasar página. Sí, a ese tan estupendo que propone todo libro para descubrir cómo los diferentes personajes son capaces de darle rienda suelta a la imaginación y fabricarse un disfraz con cualquier cosa. Aunque unos se intuyen más que los otros (mi favorito es el del elefante), todos son estupendos para terminar en torno a eso con lo que empieza la narración y hacerla redonda.


Si no habéis tenido bastante con estas adivinanzas seguro que en los días venideros tenéis muy buenas opciones para disfrutar de disfraces fantásticos, descubrir amigos tras el antifaz y cultivar la fantasía, esa por la que siempre merece la pena luchar.

miércoles, 23 de febrero de 2022

Con la miel en los labios


Soy un gran consumidor de miel. Desde que desterré el azúcar de mi vida (en la medida de lo posible, que ya saben que la industria lo añade a cualquier cosa, desde la mostaza al jamón serrano). Da igual la época del año, la consumo todos los días, en invierno y en verano. Mis preferidas son la de azahar, romero y brezo.
Me aficioné durante mis años de universidad, tras cursar la asignatura de etnobotánica, una donde hacíamos catas de mieles y disfrutábamos de una inmensa variedad de sabores, olores, texturas y propiedades. Fluidas, cremosas, blancas, oscuras, rojizas y doradas, de lavanda, madroño, tilo o la carísima miel de manuca (árbol del té). Todas ellas contienen agua, fructosa, iones inorgánicos, proteínas y enzimas, y se fabrican mediante un proceso complejo que tiene lugar en el tubo digestivo de las abejas.


Estas mieles florales producidas gracias al néctar de las flores, nada tienen que ver con las mieladas, otro tipo de mieles elaboradas también por las abejas, pero a partir de las secreciones de yemas, hojas y tallos de algunos árboles como la encina, el roble o el castaño, Son las llamadas mieles de bosque. Tampoco se relacionan con la miel de palma o la de arce, sustancias azucaradas que producen las propias plantas.
Seguramente ustedes se pregunten “¿Y cómo es posible saber que una miel se ha elaborado con el néctar de una especie de planta concreta?” Por un lado el apicultor conoce la flora del lugar donde se ubican las colmenas y extrapola la información a ojo de buen cubero, por otro, echa mano de la lupa o el microscopio e identifica los granos de polen presentes en una determinada miel. Si al contarlos abunda un tipo de polen, esa miel se considera pura.
No se pueden ni imaginar la cantidad de fraudes que hay con la miel, sobre todo con la comercializada por las grandes empresas. Lo primero es que estas mieles proceden de mezclas de miel de diferentes procedencias nacionales e internacionales. La segunda es que muchas de ellas añaden aditivos mucho más baratos, como los jarabes de azúcar o de arce, unas sustancias que muchas veces provocan que la miel se mantenga en estado líquido, una prueba irrefutable de que están adulteradas.
Sí, señores, la miel pura y de calidad cristaliza con el paso de los meses, es decir se vuelve espesa y de textura granulosa. Esto no quiere decir que pierda sus propiedades ya que sigue intacta (yo incluso lo prefiero porque se vuelve más manejable y no pringa todo). Si la prefieren líquida sólo tienen que meterla al baño maría un rato y volverá ser más fluida.


La miel que nunca he probado es la Miel de luna, el tipo de miel que da nombre al libro de hoy, uno escrito por Kenneth Kraegel y editado por Blackie Books y que ha causado mucha sensación. En él se nos cuenta la historia de una musaraña que viaja hasta la luna para conseguir la medicina que pueda currar a su hijo de una extraña enfermedad. Para llegar hasta allí es ayudada indirecta o indirectamente por diferentes personajes.
Con una puesta en escena a todo color, este álbum con más texto de lo que se acostumbra a encontrar en las librerías, tiene una estructura en capítulos que por un lado recuerda a obras de Arnold Lobel, y por otro supone la transición hacia la novela infantil.


El tipo de ilustración en el que priman la plumilla y las aguadas de color, se basa en la repetición, las tramas y los sombreados. La abundante ornamentación, donde encontramos marcos y motivos geométricos, recuerda a ilustradores de otros tiempos donde los detalles tienen mucho que decir en una composición donde el lector-espectador puede sumergirse.
Sobre la historia, decir que, bajo esa manida y evidente epopeya maternal (¡Cuánta madre coraje hay en la LIJ! Empiezo a pensar que hacen los libros para ellas), subyace una viaje desbordante de fantasía donde encontramos magia, astucia, violencia y referentes metaliterarios que enriquecen al lector y amplían su universo.
Una buena propuesta para endulzarles el día.

martes, 22 de febrero de 2022

Palabras motivadoras


Cuando yo era un crío todos queríamos ser grandes. No en el sentido dimensional de la palabra, sino en otro más metafórico. Hacer cosas importantes, romper moldes, perpetrar hazañas, alcanzar el triunfo de una u otra manera. En definitiva, soñábamos con cambiar el mundo. Ser como Alexander Fleming, Mary Shelley, Neil Armstrong, Violeta Parra, Antonio Machado, Martin Scorsese, Margaret Hamilton o Pelé. El caso era aportar algo a este mundo necesitado de ideas.


Ahora la fama se reduce a los millones de seguidores en Instagram, los escándalos que provoques, o los desfiles a los que asistas. Todo se ha reducido a una serie de aspectos muy poco profesionales y demasiado mediáticos donde cualquiera con un poco de carisma puede resultar un producto inmejorable.
María Pombo, Ibai Llanos, Manu Ríos, King Jedet, El Rubius, Andrea Compton o Paula Gonu son algunos de los nombres de moda y, aunque ustedes no sepan quiénes son, ya les adelanto que están clasificados como personas más que influyentes, algo que sorprende teniendo en cuenta que su vida laboral se resume a posar ante un anillo de luz.


Que me dejen de rollos. Ni actores, ni cantantes, ni diseñadores, ni nada de nada. El talento, eso que buscábamos otras generaciones a base de perseverancia, trabajo y sueños, se resume hoy día en saberte vender, decir lo que el público quiere oír y no morir en el intento. Hincharte a billetes “creando contenido” (manda huevos la expresión) vacuo y efímero es lo que se lleva.


Por esta razón y no otra, habría que plantearse si los referentes de las generaciones actuales tienen la suficiente enjundia, si es necesario darle vuelo a otros referentes que ayuden a desterrar una idea que tiene que ver más con la publicidad que con el trabajo bien hecho.


Y esgrimo esta razón (que no es poca) para traer a la palestra la colección Akiparla de la editorial Akiara Books, una serie de libritos muy modestos pero con mucha chicha que deberían conocer los mediadores, sobre todo aquellos que optan por la no ficción, para darle vuelo a esto de la lectura.


Frederick Douglas, Jane Goodall, José Mujica, Wangari Maathai, Steve Jobs, Malala Yousafzai, Si’ahl, Ted Perry y Severn Cullis-Suzuki son los ocho personajes que llenan las páginas de los primeros volúmenes de estos libros con discursos sobre temas tan sugerentes como el sinsentido de la esclavitud, el mundo de los primates, la intuición, el difícil camino de muchas mujeres en ciertos contextos o el ecologismo como motor de ideas. Pronunciados ante cientos de personas en diferentes eventos, son mensajes inspiradores que han trascendido al tiempo gracias a su profundidad y que merece la pena recordar, tanto en español, como en la versión original (sí, muchos de estos libros son ediciones bilingües).


Impresos en papel reciclado, estos libros de tapa blanda (¡Me encanta el cartón kraft!) y pequeño formato, son una perita en dulce. Con comentarios a cargo de diferentes invitados (esto de la interpretación no es que me guste mucho, pero bueno, en algunos ámbitos se agradece…) e ilustraciones a dos colores de artistas de la talla de Guridi, Yael Frankel (mis favoritas), Neus Caamaño, Matías Acosta, Ana Suárez, Joan Negrescolor, Vanina Starkoff y Cinta Fosch, acompañan de contenido y gran carga metafórica las palabras de estas personas que defienden su manera de (re)construir un mundo complicado.


Recemos porque esta colección siga creciendo para alimentar las bibliotecas escolares de palabras necesarias, quizá sobre temas que se relacionen menos con los ismos de hoy día, pues se me vienen a la cabeza discursos igualmente inspiradores como el de J. K. Rowling sobre el fracaso o el Esto es agua de David Foster Wallace, que no le hagan el juego sucio a lo políticamente correcto (¡Espero que no se les ocurra incluir a mi odiada Greta Thunberg!).



lunes, 21 de febrero de 2022

Danzar


No sé qué me pasa últimamente pero tengo unas ganas locas de bailotear. Y no es que tenga buenas razones para ello, pues este 2022 parece haberme equivocado el pie (cosas del directo). No obstante el cuerpo me pide mambo, pasodoble y chachacha. Se ve que, como los almendros, estoy floreciendo por momentos.
Será este febrero loco, que no solo lleva de cabeza a agricultores y climatólogos, sino a cualquier ser viviente que se deje llevar por los biorritmos (¡Qué control tienen algunos de su propio organismo!). Que si la luna de nieve (¿Nieve? ¿Dónde?), que si temperaturas pre-veraniegas, ¡esto es una locura en toda regla!


Lo peor de todo es que no sé paso alguno. Ni piruetas y cabriolas, lo mío es bailar lo que me viene a los pies, que ya es bastante, pues tengo una memoria corporal bastante nula y no creo que sea capaz de recordar ninguna fórmula en la que la cadera y el tacón sean factores determinantes.
Muevo el esqueleto para divertirme, algo que siempre está bien. Dejarme llevar por ritmos y melodías con mucho ánimo, sentirse vivo y sandunguero, que lo demás, teniendo en cuenta los tiempos que corren, se me figura hasta vano y empobrecido.


Yo no sé cómo algunos se ubican en una barra, posición "mojón" en modo automático y, haciendo uso del brazo (y del hígado), se pasan la noche levantando vidrio en barra fija, incapaces de mover las pestañas al son de cualquier canción de moda. Casi siempre ellos. Ellos no bailan ni solos, directamente son estatuas.
Una realidad de la que nos habla Swing, un álbum sin palabras de Joao Fazenda que publicó hace años Juventud y que se detiene en todos aquellos que se sienten incapaces de bailar por diferentes razones. El protagonista de esta historia es un señor que, a pesar de haber intentado con su parienta una y otra vez eso de darle a los pies, se ve incapaz de convertirse en el amo de la pista. Choca con todos los enseres de la casa y ni siquiera asistiendo a clases de baile es capaz de dar tres pasos seguidos. ¿Logrará bailar al fin?


Utilizando la línea como principal metáfora visual (rectas angulosas y curvas sinuosas) el autor portugués da vida a una historia mínima y cotidiana en la que más de uno (¿Por qué será que muchos hombres son nefastos para el bailoteo? ¿Habrá algún estudio al respecto?) se verá reflejado. 
Unas guardas que forman parte de la acción (la trasera me encanta), colores vivos y llenos de contrastes son algunas de las bazas de un libro que podemos regalar a cualquier persona que no sea muy ducha en este arte de la danza (¿Quizás a un marido o amigo patoso?).
Lo que más me gusta de este libro es que, por arte de magia, podemos escuchar la música (no solo swing, cualquiera), pero sobre todo la que palpita en nuestros corazones, verdadero motor de cualquier coreografía que, como esta, nos eleva por los aires.